¿Qué es ese periodismo de datos que algún programa televisivo (de prestigio, por supuesto) parece abanderar sin que acertemos a saber a qué viene la canonización de lo simple?

El periodismo que de un tiempo a esta parte se viene practicando (incluido el de prestigio) ha depreciado el dato, lo que fuera el fundamento de la información, hasta convertirlo en una excusa con la que justificar las conclusiones o, más frecuente aún, las opiniones del periodista. Y por ello no se trata de minusvalorar la exigencia del dato, del hecho comprobable, porque estos son el elemento fundamental de la actividad periodística?

Otra cosa es el periodismo de datos, un movimiento que se ofrece como paradigma moderno del periodismo y que se relaciona con la extraordinaria capacidad para procesar hechos, cifras y otros elementos objetivables en la sociedad actual gracias a los medios técnicos existentes. En comparación con lo que teníamos a nuestro alcance hace unas decenas de años, la capacidad de acumular datos y procesarlos se puede considerar próxima al infinito. Y está bien reclamar que se aprovechen esas oportunidades en defensa del interés de los ciudadanos, al que debe responder la información.

Sin embargo, cuando se analiza la realidad de algunos de esos programa televisivos (de prestigio, por supuesto) dispuestos a convertirse en símbolo del periodismo más cualificado, el periodismo de datos se asemeja más a una estafa o, para no homologarlo con las corrientes púnicas que nos asolan o asuelan, a una broma o tomadura de pelo. Porque “existe una gran distancia entre los datos y la información”.

Lo explicaba hace unos días Roberto Rigobon, profesor en el Centro Sloan de Administración de Empresas del MIT: “Producimos una gran cantidad de datos, pero eso no significa que estemos haciendo más o mejor información. Por ejemplo, gracias al procesador de texto, hoy en día escribir es más fácil que nunca, si lo comparamos con el esfuerzo que tenía que hacer Cervantes para escribir. Pero no estamos haciendo más literatura de calidad que en tiempo de Cervantes. Yo creo que podemos aprender mucho de los datos, pero se ha sobrevendido su potencia de tener un contenido informativo”.

El proceso al que se deben someter los datos para obtener conclusiones socialmente valiosas es tanto más complejo cuanto mayor es el volumen de los datos disponibles. Encontrar relaciones entre datos múltiples requiere una capacidad analítica absolutamente distinta a la que requiere la interrelación de dos únicas variables. El riesgo de encontrar respuestas falsas a las preguntas complejas crece proporcionalmente con el número de elementos entrelazables. Los ordenadores, por el momento, relacionan lo que el programador decide y ofrecen conclusiones condicionadas por los criterios seleccionados.

“Cuando no hay gente que sepa cómo preguntar a esos datos, se hacen preguntas al azar”, explicaba el propio Roberto Rigobon. “Y cuando haces preguntas al azar, obtienes respuestas al azar. Si lo único que te han vendido es un par de correlaciones mal hechas, tomas decisiones equivocadas basadas en esos datos. Y fracasas. Hay gente invirtiendo muchísimo dinero en recolectar datos, pero no saben que cuantos más datos tienes más difícil es procesarlos, y se quedan sentados sin saber que hacer con ellos”.

Como siempre ocurre en esta sociedad surgen pillos, gente atrevida, que argumenta (o esgrime argumentos de autoridad) con el logotipo de franquicias que no crearon; es decir, con fórmulas que permiten prescindir del raciocinio propio. Así surgen, e incluso abundan, periodistas que largan con absoluta convicción datos en tropel hasta conseguir que nadie entienda nada o que lo cierto parezca falso, tan fácil de conseguir como su antítesis: que lo  falso parezca cierto. Y lo anuncian con una convicción absoluta, como si se tratara de la verdad revelada, olvidando, como leí a Gonzalo M. Tavares, que “en el mundo no hay nada claro, a no ser el propio mundo a ojos de los imbéciles”.

O sea, queríamos protegernos de los informadores alérgicos a los números (e incluso a los hechos) y debemos fiarnos de quienes, para resolver ecuaciones de segundo grado, recitan de memoria la tabla de multiplicar. A falta de criterios propios, muchos espectadores acompasan el soniquete escolar con la boca abierta, ya sea por asombro o por aburrimiento. Otra estafa.

El periodismo se basa en un pacto del informador con el ciudadano a través del compromiso con los hechos (los datos) y mediante la sindéresis para explicarlos y/o comprenderlos. Lo primero quizás haya caído en desuso en el actual periodismo de consumo (o periodismo moderno), pero lo segundo resulta mucho más inaprehensible y exigente. La complejidad de los datos disponibles en esta sociedad (aún más, los posibles) requiere un respeto absoluto a lo concreto y una indudable capacidad para interpretar lo global sobre planteamientos sólidos; una cosmovisión o, si se prefiere el término, una weltanschauung. Pero esto último es, con frecuencia, motivo de desprecio por parte, entre otros muchos, de los periodistas.

Sin esto, el periodismo de datos está tan cojo como el periodismo sin datos e incluso resulta más peligroso: puede engañar más, porque simula mejor.

 

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