Marta Rebón ofrecía no hace mucho una reflexión en torno al periodismo en estos tiempos. Titulaba su artículo Pandemias, expresión que le servía como figura literaria y como definición de la realidad de este oficio en horas turbulentas. Los dos párrafos siguientes son suyos:

“Hoy, la pandemia (la gripe española) se ha convertido en una potente metáfora de nuestra cultura viral, en la que las emociones, las noticias falsas y los prejuicios circulan por las plataformas digitales siguiendo un patrón epidemiológico. Un virus, según la definición del premio Nobel Peter Medawar, es un retazo de malas noticias envuelto en proteína. La primera víctima de la cultura viral, al igual que en la guerra, es la verdad. Hace más de medio siglo, Victor Klemperer, en su diario sobre el uso perverso del lenguaje por parte de los nazis, alertaba de las incontables posibilidades de mezclar mentiras en un átomo de verdad; hoy, Timothy Snyder señala que la posverdad es el prefascismo. Si se desdibujan las fronteras entre hecho y ficción, entre verdadero y falso, en realidad no existe ninguna verdad y, por lo tanto, no hay lugar para la confianza”.

“Un análisis sobre la difusión de noticias en la Red realizado por el MIT demuestra que una fake new tiene un 70% más de probabilidades de ser retuiteada que una noticia fiable, especialmente si es de contenido político, y que no son los bots los que marcan esta tendencia, sino usuarios reales. Lo más parecido a una vacuna universal para esto pasa por un periodismo responsable que fortalezca nuestro sistema inmunitario contra informaciones sesgadas y datos manipulados, siempre que entendamos el periodismo como el arte de identificar y neutralizar una mentira. Algunos gobernantes y candidatos se han tomado muy en serio la voluntad de quebrar esa línea de defensa y les ha funcionado. Otros replican el método, sirviéndose del caldo de cultivo del descontento. Los científicos de 1918 no disponían de microscopios con una potencia óptica capaz de detectar un virus; hoy tenemos herramientas, como consumidores de información, para frenar la pandemia de las mentiras”.

Tal vez no esté tan clara la existencia de ese anticuerpo, y mucho menos su eficacia, porque la realidad se construye en función de lo que se percibe, porque en la percepción el sentimiento de las imágenes destruye la primacía de la razón, porque el grito y el espectáculo han aniquilado los ámbitos de la reflexión, porque la confrontación binaria está aniquilando la negociación y el compromiso. En cualquier caso no cabe reconocer la derrota sin plantear batalla, aun a sabiendas de que, como sintetizó José Mujica, “triunfar no es tener plata, es levantarse cada vez que uno se cae”.

Tal vez no haya que descartar propuestas como la que Olivia Muñoz-Rojas, socióloga, explicaba en Hacia un mundo de ‘trols’ y duendes: “Quizás el mejor antídoto contra la información tóxica y el odio, además de una educación crítica y amplia de miras, es desconectarse de la Red y, mientras sea posible, observar la realidad con nuestros propios ojos”.

Puede ser necesario, pero resultaría insuficiente. La red ha impregnado el organismo de nuevos virus y bacterias, pero la contaminación venía de antes. Bob Woodward proponía algunas cuestiones elementales en una entrevista de Amanda Mars, publicada bajo el título La prensa ha mordido el anzuelo de Trump: “Debemos recuperar la confianza, y la única manera de recuperar la calma, es hacer buenas informaciones, presentarle los hechos a la gente y no ir a la programa de televisión a golpear la mesa”. Y recuperar la recomendación de Katharine Graham, propietaria del Post, tras el Watergate: “OK. Nixon ha dimitido y vosotros habéis escrito algunas de las historias, no empecéis a pensar demasiado en vosotros mismos. Dejad que os dé un consejo: tened cuidado con el demonio de la pomposidad, de esa autocomplacencia incapacitante”.

Sí, estas citas pueden formar parte de un manual de navegación para periodistasen tiempos turbios.

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