Cuenta Enric González que hace algunos años entrevistó en Roma a Rita Levi-Montalcini, a la que preguntó por qué el ser humano es más inteligente que hace 50.000 años, pero no más bueno. La eminente neuróloga, premio Nobel de Medicina en 1986, respondió: “Por el componente límbico cerebral que sigue dominando nuestra actividad. Vivimos como en el pasado, como hace 50.000 años, dominados por las pasiones y por impulsos de bajo nivel. No estamos controlados por el componente cognitivo, sino por el componente emotivo, el agresivo en particular. Seguimos siendo animales guiados por la región límbica paleocortical”.

La pregunta, pertinente en su momento, puede parecer especialmente relevante en el actual, donde las pasiones y los impulsos de bajo nivel se amplifican a través de unos medios de comunicación y unas redes sociales que exacerban tanto las emociones como la agresividad. Sin embargo, el quid de la cuestión, la razón última de la desesperanza –según La lección de Rita– es, más que genética, consustancial al ser humano. Mucho más animal que racional; o tal vez, apenas animalmente racional.

 

 

 

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