Hay momentos en que el europeísmo de algunos ciudadanos se desmorona por la ausencia de europeísmo de quienes lo gestionan e interpretan.

Viene esta afirmación a cuento de las amenazas, luego matizadas, pero siempre en la espesura del aire que respiramos, expresadas por algunos capos europeos sobre los electores griegos: si dan su apoyo a Syriza, se les puede caer el pelo.

El tono de las advertencias puede resultar molesto, pero mucho más demoledor es lo que expresan: si millones de ciudadanos europeos viven mal, será por su mala cabeza. Ajo y agua. Que nadie pida solidaridad ni a los que se aprovecharon de la caída ni a santa Rita, porque lo que se da no se quita.

¿Los que creímos que el modelo europeo era la más respuesta concreta menos ruin de cuantas se ofrecían en la política general acabaremos reclamando el fin del proyecto? De un tiempo a esta parte hay tipos con mucho poder empeñados en ello. ¿Para qué sirve Europa si no es para equilibrar los derechos ciudadanos?

Si se trataba de un proyecto meramente económico en beneficio de las grandes corporaciones o si se trataba de un tratado de paz para asentar la paz y evitar el resurgimiento del fascismo (Alemania daba miedo), ¿qué sentir ahora? Los intereses económicos de los más poderosos nos tiranizan y la amenaza totalitaria se ejerce con otros medios.

Si el modelo que representaba el estado de bienestar, el paradigma de una organización social capaz de garantizar los derechos ciudadanos, no sigue vigente, ¿para qué sirve Europa?

La pregunta reclama una perspectiva histórica. La respuesta visceral debe aliviarse a través de la mesura. España, Italia o Grecia, y todos los países que se fueron sumando al circuito, han recibido estímulos y ayudas cuantiosas del presupuesto comunitario para mejorar sus estructuras y sus medios, a cambio de beneficiar por la vía del comercio a las economías más pujantes, las que contribuían en mayor medida a los fondos comunes.

Con el modelo original discutido dentro (entre los nórdicos, por ejemplo; por sus costes); con el arraigo creciente de sectores dispuestos a excluir a los más desvalidos, acusándoles de debilitar sus recursos y derechos; con la ausencia de iniciativas que fuercen saltos hacia adelante en lugar de retrocesos más o menos disimulados; con la crisis económica y el egoísmo de unas sociedades instaladas en la abundancia y negadas para comprometerse con una realidad mucho más amplia que la que marcan sus propios límites… ¿queda algo más que arrastrar el sueño?

¿Y si en vez de mirar a Europa, decidiéramos mirarnos hacia dentro, no vaya a ser que los responsables no nos sean tan extraños, que estén escondiendo sus miserias con tapaderas ajenas, que aún sea peor quedarnos solos en el pueblo que ellos gobiernan sin pudor ni ilusión?

Es lo que hoy se me ocurre pensando en Grecia. ¿Cómo actuaremos, llegado el momento? Zeus, transmutado en toro, raptó a Europa para llevarla a Creta; al cabo de los siglos ¿Europa elegirá el camino de la venganza? ¿Sin mito ni sueño, qué nos quedará entonces?

 

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