Todavía no se ha cumplido un mes desde la Diada 2012, un hito, una referencia, un símbolo de algo cuyo final aún no está escrito, pese a todo lo escrito, empezando por lo que se dijo acá.

A lo largo de este tiempo ha habido momentos en los que la conclusión apuntaba hacia una paradoja: la fuerza contra los sentimientos; o sea, represión contra expectativas, ilusión, autonomía (la libertad y la independencia son utopías que no conviene empañar). Otros han insinuado otra solución, u otro contrasentido: el engaño contra la espontaneidad; o sea, manipulación y afán de poder contra las expectativas, la ilusión y la autonomía (para no confundir con términos como independencia o libertad).

Entre lo uno y lo otro han surgido voces y argumentos que planteaban otras reflexiones. Algunas han quedado guardadas por su valor, ya sea su interés analítico, su capacidad de sugerencia o su documentación (esto, menos; ¿por qué será?).

¿Algo ha cambiado?

Poca cosa. Y lo que ha cambiado tal vez haya servido para ir a peor. Al menos, si se analiza lo ocurrido en función de la respuesta a la que los ciudadanos tienen derecho.

No obstante, se han detectado algunos signos de cambio. El más relevante que en medio del vocerío algunos hayan expresado argumentos, reflexiones. Otro, significativo, porque supone un cambio repentino en la propuesta política, lo han alentado el PSOE y el PSC, aun a costa, tal vez, de acabar en la irrelevancia tras las elecciones que, al socaire de la gresca, convocaron en aras del derecho a la consulta los que estaban seguros de los réditos que tal decisión les deparará.

El gobierno de España se ha enfangado, arrastrando al Rey al lodo, porque no tiene alternativa, porque el raciocinio en cuestiones fundamentales está reñido con la ideología que les sustenta y, sobre todo, porque en ningún caso podrían modular su discurso, ante la amenaza de escisión que su sector más duro plantearía. Y el harakiri o la renuncia al poder están mal vistos; sobre todo, ahora, cuando se están jugando, siquiera para una generación, sus propios cuartos, los intereses que representan.

En este tiempo la amenaza independentista resulta rentable al gobierno y al conservadurismo en general en tanto que oculta, ante su propio electorado, e incluso ante el de otros, su profundo sentido insolidario, evidente –por su reiteración y alevosía– en los recortes impuestos para afrontar la crisis económica. Durante una buena parte de este tiempo el debate en torno a la independencia ha relegado otras cuestiones, como poco, no menos decisivas. Y para ello no importa alentar las bajas pasiones, la radicalidad o el exabrupto.

En el lado nacionalista se ha resuelto la raíz de los problemas inmediatos (a base de repetir que la culpa es ajena y la solución definitiva está en marcha), se ha atajado cualquier debate sobre la eficiencia del actual Govern, se ha sumergido la corrupción de las instituciones catalanas –tan profunda como silenciada (porque se soporta sobre la red más poderosa de cómplicidades de todo el Estado español)– y se ha sepultado un planteamiento imprescindible: ¿independencia… para qué?: ¿para que los recortes se apliquen sobre quienes más necesitan la sanidad o la educación pública, las ayudas por dependencia o los estímulos para construir una sociedad menos desigual…? ¿No es eso lo que ha hecho en estos años el nacionalismo gobernante con la aquiescendia de la derecha que le ha respaldado?

El refranero español arguía que no hay mal que por bien no venga. En el ámbito político ese dicho se transforma en otro aforismo: no hay mal que no engorde a alguien (o, aún peor, a muchos).

En la sociedad actual el riesgo de que la emoción sustituya al debate es demasiado grande. El poder de los medios audiovisuales amplifica el discurso emocional. En algunos momentos y ante algunos temas la voz de la razón no se escucha, resulta inútil. El lenguaje totalitario se impone. Basta recordar a Hanna Arendt: ¿se ha pasado aquí del discurso complejo al simplificado, del discurso racional al emotivo, del discurso organizado en géneros textuales al organizado en módulos, del discurso cultural al identitario?

El sí es sí y el no es no.

¿Será ese lenguaje lo que hoy define las posiciones más radicalmente enfrentadas? ¿En qué medida afecta a las aprovechan el rebufo? ¿Hay alguien capaz de mostrar otra salida… y de llevarla a cabo convenciendo a la sociedad?

El señor Sí ni ha venido ni se le espera.

¿Entonces?

La sociedad totalitaria tiene la puerta abierta.

 

 

 

Duelo a garrotazos (detalle) Goya

 

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