Los preparativos del viaje resultaron agobiantes, incluso angustiosos. El señor CH no buscaba un desplazamiento trasatlántico, sino una transformación vital: su propia metamorfosis; en toda su profundidad y con todos sus riesgos. Debía ser cauto al planificar el trance y, por ello, retardó la contratación de vuelos y  hoteles a la espera de que las circunstancias se aliaran con sus deseos. Tal vez el sol amaneciera tras la bruma o el precipicio fuera no más que un espejismo. Mas no amainaba.

La decisión resultaba difícil, compleja; inevitable, aunque arriesgada. La transmutación era una opción vital, incluso excitante, pero debía atar bien atados los ahorros de sus últimos años y asegurar que, pese a todo, cada día 28 su cartilla, aunque solo accesible a través de internet, ingresara la pensión de la discordia.

Una cosa era salvar la cara, y la dignidad, y otra inmolar el patrimonio y sus emolumentos, porque, en ese caso, el plan se tornaría ridículo e incluso absurdo. En tal supuesto, mejor la decisión del griego.

En el fondo el señor CH dudaba sobre su verdadera pretensión: si proclamar su absoluto desprecio por la sociedad de mercados, competencias y primas de riesgo o, simplemente, cubrir las apariencias, esquivar cualquier mirada de reproche por su condición jubilar, de clase pasiva, y aparentar por tanto un activismo edificante y compatible con la ansiada sociedad sin rémoras.

Decidió que no le importaban las contradicciones, seguir siendo lo mismo pareciendo diferente, sino tramar el encubrimiento perfecto para así disfrutar de los beneficios que trataba de esconder. Ese era en este momento del trance su preocupación fundamental.

El señor CH sufrió de insomnio durante las últimas semanas antes del viaje. Cómo asegurar que, a su regreso, las cuentas a su nombre mantendrían el valor de sus ahorros. Qué hacer: ¿reclamar todos los euros a su nombre y camuflarlos en el equipaje para depositarlos al otro lado de los océanos, ya fuera en la Gran Manzana o en Belice, en un banco a salvo de quiebras financieras y especulaciones, de rescates o de la mismísima desaparición de la moneda europea que anticipaban sus sabios de cabecera: Krugman, Stiglitz y otros varios? Cómo acertar: ¿siendo el primero en reclamar sus ahorros antes de que todos sus congéneres se vieran atrapados en el corralito o aguantar hasta el arribo de un tiempo de bonanza? La primera opción le abocaba a descubrir su propia patraña y él, siempre acusador de la insolidaridad y la avaricia, se convertirá en un mero evasor de capitales. La segunda podría arruinar su propio propósito y, a la postre, exponerle al ridículo de su estupidez.

Cuál sería, cavilaba, el procedimiento más seguro. Tal vez conviniera poner los cuartos a buen recaudo, bajo el colchón o tras el gran armario verde del dormitorio, mediante una trampilla abierta en el fondo del ropero y disimulada tras las acumulación de sábanas heredadas de su madre, algunas raídas por el uso y la emoción, o el saco de la ropa sucia.

Cómo proteger la pensión recién estrenada a salvo de las zozobras bancarias y la voracidad de los especuladores financieros. En esto, sin embargo, halló pronto el consuelo de su sentido práctico: para tal menester no había remedio, cualquier solución escapaba a su voluntad e incluso a su capacidad de resistencia. Si habría de llegar, llegaría, vistiendo de CH, de H o de mamarracho.

Hubo momentos en los que quiso desistir de un empeño tan radical. Tal vez debería acudir al médico para que le impidiera subir al avión o viajar a un país poco aconsejable para su salud. Desistió, una vez más, por cobardía: era medularmente hipocondríaco y temía que, si el doctor entraba en danza, acabaría por evitarle el viaje a cambio de ingresarle en la planta de coronarias.

Pospuso la visita al médico, o eso pensó, para su regreso, cuando ya se tratara de un hombre nuevo, y ajustó vuelos y trayectos, según pudo, para iniciar la cuenta atrás de un periplo de 30.000 kilómetros en diez días, que incluía actos multitudinarios, conferencias de prensa, algunas reuniones de trabajo, presentación de nuevos proyectos, visitas a conocidos y alguna celebración festiva. Todo ello para justificar la ausencia y para despedirse de su identidad multiforme e incluso de su vida anterior a mayor gloria.

Y  al mismo tiempo, para que al señor CH se despidiera en pleno éxito. Se le recordaría con aprecio. Ese sería el mejor de los finales. Y entre tanto podría preparar el advenimiento del señor H, el hombre nuevo, surgido de la nada, con un bagaje por construir, incluso para él mismo inédito.

Se le echó el tiempo encima. Apenas pudo reconsiderar por última vez lo que dejaba, los riesgos que en su ausencia podrían afectarle, el panorama que hallaría a su regreso, las incertidumbres que quizás convertirían su viaje en el adiós definitivo a un tiempo e incluso a una vida que le habían resultado hasta entonces benévolos e incluso prósperos.

El señor CH se trasladó al aeropuerto, se hizo despedir de todos sus familiares y, cuando enfiló el control de seguridad ya solo, al verse sin zapatos, cinturón y reloj, desposeíso de casi todas sus firmezas, lamentó que aquel éxodo le impidiera contemplar los partidos decisivos de Roland Garros y los primeros encuentros de la Eurocopa: la metáfora mayúscula de todas sus renuncias.

 

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