En su última novela –El sistema, premio Biblioteca Breve (Seix Barral 2016)– Ricardo Menéndez Salmón somete al lector a un esfuerzo imponente, similar al que seguramente él mismo afrontó durante el proceso de escritura de esta novela, de enorme ambición, cargada de sugerencias, de hallazgos expresivos, de alegorías y referencias, de juegos entre la realidad, el pensamiento y la literatura. Esta es la obra de un autor con una voz, propia y potente, compleja, ajena a la banalidad y, tal vez por ello, expuesta a ser despreciada por excesiva o prepotente por quienes incluyen la lectura en los ámbitos del consumo y el entretenimiento. Pero también El Sistema puede resultar una novela sobrecargada y en algún punto ensimismada en su propio exceso.

urlSe trata de una distopía profundamente alegórica, mas no lineal, tampoco unidireccional, desde la que se compara y comprenden múltiples signos de la sociedad actual y su deriva, episodios de la historia y, sobre todo, situaciones, conflictos o cuestiones permanentemente presentes en la experiencia colectiva: la libertad, el poder, el miedo al otro, la identidad, la manipulación, la posibilidad de un mundo posthumano o, en muy distintas ocasiones, el valor de la escritura para la interpretación y la memoria…

Una novela de ideas, obra de un filósofo (el título académico avala al autor), deslumbrante en muchos momentos y en algunos, tal vez, redundante. “La obra de su vida. Arte en extremo. Por su lenguaje y por su ambición”, ha proclamado algún crítico. “Pedante, efectista, rebuscado”, han concluido algún otro. “No deja indiferente a nadie”, sentencia un tercero. Esto último quizás resulte lo más cierto.

Ricardo Menéndez Salmón ha levantado una narrativa formidable y singular. En esta ocasión ha tratado de llegar aún más lejos. Deberá pasar algún tiempo para encajar esta aventura cargada de dificultades (sólo un detalle: el GF1GROA1._xoptimizadax--575x323narrador pasa de la primera a la segunda y a la tercera persona para concluir en una forma plural) y de riesgos. En definitiva, ni banalidad ni comodidad. La parte del autor, el esfuerzo y la ambición, está demostrada; y en esa tesitura, más allá de cualquier valoración, el lector requiere capacidad para admitir y admirar la sorpresa, para descubrir referencias y establecer relaciones, para detenerse ante la emoción del lenguaje y sobreponerse a las turbulencias de la alegoría, e incluso para sentirse sacudido, sin necesidad de entender, por la fuerza de la corriente. La que remueve El Sistema.

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