El thriller del año está cerrado, mas no escrito. El caso Nisman lo tiene todo. Por lo ambicioso y lo complejo, supera la mejor trama imaginable para una novela negra. La supera, porque no necesitó ser imaginada: atentados bárbaros contra símbolos de la historia reciente y la más cruel, en un marco político de corrupción y mafia, en lo universal y en lo doméstico, y con la potencia narrativa de un país apasionado y admirable, Argentina. Añádanse mil y una ramificaciones sin tener que apartarse de lo verificable.

En España hemos vivido otras situaciones parecidas que se llevaron por delante el principio de justicia universal o al juez más afamado de los nuestros por una trama de intereses que inventaron un delito de prevaricación hasta conducir a la víctima al limbo o a la muerte legal, con el trasfondo de auténticos genocidios, corrupciones institucionales, mafias con poder.

Al principio pareció un poco menos bestia. No surgió de un atentado con 85 muertos ni encontró, para el relato policial, un protagonista con el cerebro descerrajado. A los argentinos en estas materias les sobra talento e incluso una infinita capacidad para el quilombo. Aquí disfrutamos menos de lo uno, el talento, por exceso de envidia, y de lo otro, la bronca, por una petulancia reprimida.

Para hacerse una idea general, apenas unas horas después de conocerse la historia, ya había un relato excepcional a disposición de cualquiera: Otro momento decisivo, de Martín Caparrós. Y un poco mas tarde, ¿Qué nos sucedió?, de Jorge Fernández Diaz, otro periodista que, por si se quiere añadir picante a la narración, parece el seudónimo de un inistro del interior pintiparado para la trama: por torpe, faccioso y carente de atractivo.

Y si alguien quiere iniciar su propio relato, aquí hay datos para empezar a armarlo. Y vendrán muchos más.

 

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.