La noticia de la muerte de Franco la dio, lloroso, el presidente del gobierno, a la sazón, Carlos Arias, también conocido como Carnicerito de Málaga.

Lo contó él y muchos quedaron tranquilos; o sea, con cierto alivio y cierta excitación.

El desentierro y reentierro de aquel general bajito tenía, a estas alturas, un valor simbólico. Mas de repente, en plena retransmisión del evento, el gobierno actual informa de que la familia del dictador no quiere sustituir el féretro original, pese al deficiente estado en que lo encuentran.

¿Por qué? ¿Desean ocultar algo? ¿Que se descubra acaso que no está allí? ¿Que el anuncio de Arias Navarro era mentira? ¿O que Paco, Paco, Paco, caudillo por la gracia de Dios, pudo fugarse por las galerías del Valle y en el histórico momento de su reinhumación observaba la pantomima detrás de la valla de los mirones envuelto en un aguilucho nacional? ¿Acaso aquellas decenas de exaltados no eran más que reencarnaciones del prócer?

El compungido Arias, visto ahora, provoca risa y rabia. Sin embargo, algunos aún pretenden hacernos creer que mintió. La familia enlutada desde hace 44 años no tiene dudas: amenazan, insultan, provocan; es su estrategia para conservar la herencia.

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