Grecia encumbró a Sócrates, a Platón, a Aristóteles. Los hispanos, con la ayuda de Roma, alumbramos a Séneca; y a partir de entones, le ponemos velas.

Aquí sale un tipo ingenioso y se nos abren la boca y los ojos. Nuestro asombro no reclama sabiduría sino sorpresa. Basta. Una sonrisa, un guiño, poco más.

En estas tierras tildamos de sabio al que, con voz grave y acento estrafalario, despeinado o alopécico, proclama el esoterismo y la insustancia con retórica presuntuosa.

No, no es lo mismo la ilustración que la memez. Sin embargo, en este tiempo y este espacio, se admira a los memos ilustres. Sobre todo, a los que, poniéndose como ejemplo del saber, pregonan la banalidad o la estupidez desde el púlpito de la televisión.

Se admiten comentarios que sugieran ejemplos. Los hay que presentan programas o realizan entrevistas, los hay que engolan la voz y abusan del silencio y otros que opinan de cualquier asunto con aires de pontífice. Les pones una casulla y, en lugar de explicaciones, te ofrecen su bendición. Son memos ilustres. O si se prefiere, ilustres memos.

 

 

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