¿No hay peor enemigo que la propia familia?

El caso de Ollanta Humala, presidente electo de Perú, resulta alarmante. Antes de su toma de posesión ya ha vivido varias crisis de popularidad por cuenta de las declaraciones de su padre y varios hermanos.

El primero en ponerle la zancadilla fue su padre, como corresponde al progenitor, además de inventor e impulsor del etnocacerismo, una ideología que transmitió a los suyos por vía genética y que consiste en una serie de ocurrencias con buenas dosis de racismo en defensa de la superioridad del inca sobre japoneses, europeos o africanos.

Ollanta tiene papá. También hermanos. Una vez resuelto, o acallado, el conflicto con el progenitor,

entraron en liza los descendientes de primer grado. Antauro ofreció su asesoría desde la cárcel, en la que cumple condena por su participación en una asonada golpista que provocó la muerte de cuatro policías.

Luego apareció Isaac, un adversario encarnizado. Y por último, el menor, Alexis, organizó un viaje a Rusia, donde, en nombre del gobierno que habrá de venir, desarrolló gestiones con hombres de negocios, miembros del Gobierno, ejecutivos de Grazpom, representantes del sector pesquero e incluso de la energía nuclear. Bonito, bonito, no sonaba. Ollanta desautorizó al emisario, pero el ministerio ruso de Exteriores aseguró que el viaje se había organizado así desde Perú.

Ollanta Humala, que pasó del 51 por ciento de los votos reales a contar una semana después con el respaldo del 75 por ciento de la población, bajó ipso facto al 42 a diez días de su toma de posesión; o sea, antes de haber tomado la primera medida.

Fuera por eso o por sus nuevas convicciones neoliberales, las que Mario Vargas Llosa profetizó y en las que muchos peruanos confiaron, la primera decisión consistió en anunciar su equipo económico. Personas con currículo en administraciones anteriores y pedigrí de derechas, tecnócratas, empresarios.

Tranquilidad, pues, inversores, mercados, agencias de calificación, fondistas… Incluso un heredero del etnocacerismo ha entendido que sólo haciendo política de derechas podrá parecer de izquierdas o que para ser de izquierdas hay que actuar como si se fuera de derechas. O que, en estos tiempos, parecer y ser de izquierdas requiere de contradicciones. La vieja dialéctica.

¿No hay otra?

O eso o la familia.

 

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