Las encuestas modifican el comportamiento de los votantes y, por tanto, no reflejan más que el estado de opinión de la sociedad en un momento determinado, aquel en el que se formula la pregunta. Algo así viene a decir Máriam Martínez-Bascuñán en su columna Disparar al pianista, en El País. Entonces, ¿para qué se hacen? ¿Para modificar el comportamiento de los electores? Así se entiende…

grafico_sondeoQue estas afirmaciones las avalen, ahora, personas con responsabilidad en los estudios de opinión que tanto erraron en vísperas e incluso en el mismo 26J invita al cachondeo. Cuando aciertan, las empresas encuestadoras sacan pecho. Cuando yerran el pronóstico, lo que ocurre cada vez con mayor frecuencia, tiran de coartada. No hay yerro, sino acierto en la fecha sin urnas, el día que no importaba. Una afirmación de este tipo, en sí misma irrefutable, convierte a las encuestas en irrelevantes desde el punto de vista prescriptivo: valen tanto como manipulan. Sólo valen eso.

La explicación, no obstante, fracasa doblemente en el fiasco de los estudios a pie de urna, las israelitas, que, pese a su muestra abrumadora y a su exagerado coste, arrojaron el 26J a las ocho de la tarde unos errores descomunales. En el referéndum del Brexit ocurrió algo parecido, para demostrar que el problema no es solo español, gracias a dios.

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