Esta vez a Vila-Matas le ha tocado esperar en el estante de los libros pendientes. No ha sido un olvido, aunque tampoco haya un porqué. Al fin, llegó el momento y, cumplida la lectura –y disfrutada– qué importa ahora el retraso. Si la buena literatura es aquella que se impone al tiempo, la demora es mera anécdota. A fin de cuentas, entre la escritura (por parte de Cervantes) y la lectura (por la mía) de El Quijote transcurrió mucho más tiempo: no encontré la manera de evitarlo. En definitiva, Kassel no invita a la lógica ha desaparecido del aparcadero. Podemos ir al grano.

Desde la desconfianza en torno a la deriva del denominado arte contemporáneo, Enrique Vila-Matas (o, mejor, el narrador que le suplanta) inicia un viaje hacia el centro de esa experiencia artística: la Documenta de Kassel, en la que participó realmente el escritor. Pese a “la dificultad tan española para admitir el arte sin mensaje, para aceptar una literatura sin el toque necesariamente humanista en su vertiente comunista” (pág. 230), el relator, coincida o no con el autor, reconoce que “desde el primer momento (desde que llegara a Kassel), me había encontrado a gusto ante la posibilidad de que las teorías que se deslizaban en Documenta me inspiraran ideas para mi propio trabajo. De hecho, sospechaba que alguna de esas ideas hasta se habían ya infiltrado en mi propia personalidad y, como si de una potente droga se tratara, me había dejado en un estado tan placentero que mi desánimo habitual a aquella hora ni se atrevía a hacer su aparición” (pág.197). Más aún, el paso de los días llegará a generar un impulso que le provocará un entusiasmo inocultable, porque, pese a lo que esta sociedad cree, no está todo dicho y el arte ejerce de contrapunto de la política.

El recorrido por Kassel y su Documenta plantea que el arte contemporáneo, capaz de seguir la recomendación que Mallarmé transmitió a Manet: (“No pintes el objeto en sí, sino el efecto que produce”), engarza con la literatura y la capacidad de transformación  de la realidad en un momento especialmente tenebroso: “Sabía que el mundo se había ido al carajo, pero también que el arte creaba vida y ese camino, en contra de lo que decían las voces agoreras, no estaba agotado” (pág. 221).

Enrique Vila-Matas es un escritor fuera de cualquier convención. Un literato mayor. Capaz de convertir una reflexión sobre el arte contemporáneo, tan inaprensible en muchas de sus manifestaciones, en un relato envolvente en el que el lector acaba sumergido e incluso atraído por la capacidad revitalizadora de las instalaciones que el autor invita a visitar. Un antídoto contra la decepción a la que conduce muchas veces la propia literatura, por razones que el narrador no elude: “Para explicar tan inmensa debacle, dije, había que hablar del abandono de responsabilidades morales por parte de todos los escritores vivos, pero ese argumento, no yendo nada errado, era insuficiente para explicar tanta deserción y tanto desastre. Si bien era verdad que en la actualidad casi todos los escritores contemporáneos, más que posicionarse en contra, trabajaban en sintonía con el capitalismo y no ignoraban que uno no era nada si no vendía libros, o si su nombre no era conocido, o si no acudían decenas de admiradores cuando firmaba ejemplares de sus novelas, no menos cierto era que las democracias liberales, al tolerarlo todo, al absorberlo todo, hacían inútil cualquier texto, por peligroso que éste pudiera llegar a parecer…” (págs. 292-293).

Ahí queda. Aunque lo importante no sea comprender sino sacudir el entendimiento: mirar con otros ojos.

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