Ando en estos días ocupado en resolver deudas con el pasado y compromisos con el futuro. Algunos acontecimientos y, sobre todo, el tiempo me han impelido a ese estado que obliga a hacer recuento de lo vivido y a despejar algunas incógnitas domésticas para mayor relajo de quienes me sobrevivan y deban hacerse cargo de lo que hoy supongo que me pertenece. Me muevo, pues, en los trámites previos a la testamentaría –de hecho, ya he pasado por el notario para cuestiones preliminares–, y en la recuperación de aquellos asuntos que siempre desee abordar antes de no ser más que un finado. (¡Qué fino el finado! Los muertos siempre son otros; uno mismo no se merece esa grosería –peor sería reconocerse como el espichado–, porque nadie está muerto mientras piensa). Debe ser por eso que, “para huir de la muerte”, me ha dado por cavilar en lugar de entregarme al lirismo de quienes, con el mismo objetivo, prometían: “nos amaremos”. Demasiada lírica para mi vesícula.

De los compromisos con el futuro, habré de dejar ordenadas mis cuentas, mis contraseñas, un manual de instrucciones sobre el reparto de los materiales que reuní y alguna recomendación para resolver cordialmente los embrollos que siempre ocurren en estas circunstancias. No es una tarea ímproba, la verdad, pero me puede la pereza. Sería un gesto que agradecerían mis deudos, o deudas, que es lo verdadero, puesto que mis parientes más directos son mujeres a excepción del joven Diego, aún ajeno a estas disquisiciones y, por tanto, inocente. De otro tipo de deudas no me acuerdo ahora mismo y espero, por el bien de los sucesores, que no se trata de un olvido casual o de un problema de desmemoria, del que ya presiento síntomas.

Sobre mis deudas con el pasado carezco de un catálogo fijo. Depende de los días. Pude ser mejor padre, mejor compañero, mejor a secas. Pero esas deficiencias no se resuelven con efectos retroactivos y, a duras penas, con efectos venideros, porque debería transmutar las rutinas, la modorra e incluso el cerebro. Hay otras deudas que reconozco y que, a veces, me gustaría resolver. Le debo, por ejemplo, una carta a mi padre para contarle todo lo que él no ha conocido de los asuntos que verdaderamente le importaban y para decirle que en su ausencia me siento orgulloso de su decencia, de su honestidad, de sus contradicciones, de sus silencios y algunas miradas, de sus lágrimas y su pasión por la familia; mucho más, claro está, que de sus procedimientos pedagógicos, de sus certezas aparentes, de su disciplina militarmente religiosa, de la aceptación de las verdades como puños dictadas por la dictadura, del trueno de la voz que imponían disciplina y convicciones con los mismos puños de aquella época.

Debo reconocimiento también a aquellas personas a las me ha dado vergüenza decirles que las quiero o a las que se lo he dicho de manera demasiado torpe o fugaz. Y a otras que pasaron a mi lado, dispuestas al afecto y la amistad, a las que descuidé para no sacudir las rutinas de la autocomplacencia o la comodidad.

Siento que tengo tiempo para resolver mis compromisos con el futuro, pero me reconozco incapaz de resarcir mis deudas con el pasado. No me excuso, lo certifico, aunque ahora mismo me esté diciendo que voy a intentarlo, porque sé que esta es, tal vez, la única manera de huir de la condición de extinto, otra fineza que pretende esquivar lo ineludible: la grosería de saberse muerto. O espichado.

 

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