Viajo a Cataluña. Disfruto. No consigo evitar que me sacudan algunos debates renuentes y cansinos: por ejemplo, la creciente demanda independentista en defensa del saqueo de las comunidades pedigüeñas y de los no nacionales usurpadores y/o ilegales. Me siento incómodo. ¿Para qué argumentar solidaridad contra quienes hacen bandera de la insolidaridad?

Viajo a Extremadura. Disfruto. No consigo evitar que me provoquen algunos debates renuentes y cansinos: por ejemplo, la necesidad de más ayudas públicas y subvenciones, de más acción externa contra el desempleo y la pobreza, sin poner en juicio las cuantiosas transferencias recibidas, la incapacidad para transformar con las ayudas un sistema productivo ineficiente y/o corrupto, la conversión de la ayuda exterior en un derecho sempiterno.

En Cataluña y Extremadura acabo discutiendo. Incluso con algunos amigos y familiares. Cada uno se ha ido creyendo su propia milonga, amparados, los unos y los otros, en discursos oficiales nacionalistas, populistas, repugnantes. (Sobre el caso extremeño, puede leerse La ‘omertà’ de Plasenzuela, un reportaje de Guillermo Abril en El País: lo que allí se describe hubiera sido imposible sin la cultura del subsidio).

Viajo a Alemania. Disfruto. Hasta que alguien me incluye entre los pigs y me asegura que toda nuestra prosperidad se debe a su generosidad o que ya está bien de comer la sopa boba y malgastar la riqueza que sólo ellos generan y distribuyen. Para qué hablar del saldo favorable de la balanza comercial alemana con el resto de los países de la Europa que dicen proteger por pura generosidad, de la responsabilidad de sus bancos en los desmanes de los nuestros, de las ayudas que encontraron en nuestras débiles economías cuando la crisis llamó a su puerta o cuando se embarcaron en una reunificación tan voluntarista como nuestra voluntad de nuevos ricos.

Viajo por Valencia, Castilla la Mancha, Baleares… Disfruto. Hasta que alguien me dice que los alemanes sólo pretenden nuestra miseria y que la crisis es un invento de unos pocos, especuladores y extranjeros, contra el esfuerzo y el sacrificio de la ciudadanía patria, ajena a los desmanes de sus dirigentes o al derroche de su propia economía doméstica.

De un tiempo a esta parte se disfruta menos que antes. Mas (Artur) pasa más tiempo ante el espejo que Merkel, luce un bronceado mucho más cautivador que la canciller senderista, tan poco glamurosa como las chirucas de mi adolescencia. Parecen distintos, dicen los mismo. Y parecidos suenan también el viejo discurso de Ibarra, del que ni siquiera osa desprenderse el popular Monago, y el de González Pons o De Guindos, cuando reclaman más ayudas sin hincar el diente a quienes más contribuyeron a este despropósito, pese a  tenerlos tan cerca.

Así resulta difícil pasar del cabreo, razonable, a la reflexión y autocrítica para anteponer la utopía de lo razonable. De eso mismo se ocupa, por ejemplo, Javier Cercas, en un artículo que titula Lo que Europa quiere de mayor (Véase El País Semanal, página 8). Sin embargo la pura racionalidad de sus argumentos no se oyen; conduce al silencio.

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