La implicación directa de un gobierno o un país en la barbarie de una dictadura, como las que se vivieron en Latinoamérica (o en España) no se limpia con una declaración de mala conciencia. Quizás por eso las víctimas más representativas de la dictadura argentina no quisieron escuchar la explicaciones de Barak Obama en el cuarenta aniversario de la tragedia que asoló su país durante siete años, interminables porque los desaparecidos no han vuelto, los muertos no tienen voz y las familias no olvidan.

Sin embargo, en las palabras de Obama había un compromiso capaz de alentar un consuelo legítimo, el de desenmascarar a los verdugos y a sus cómplices mediante la desclasificación de los archivos militares norteamericanos y exponer en público a quienes azuzaron, adiestraron, camuflaron e incluso dirigieron la Escuela de las Américas, la Operación Cóndor y otras que pasaron ante los ojos y la firma del mismísimo secretario de Estado Henry Kissinger.

Eso sí dotará de sentido a las palabras del presidente en la Plaza de la Memoria, en Buenos Aires, cuando habló de “la política de Estados Unidos en esos días oscuros”, de la necesidad de “reconocer cuando no se está a la altura de los valores que defendemos” (aunque hubiera sido más cierto hablar de “los valores que decimos defender”) o de “haber tardado en defender los derechos humanos” (aunque hubiera sido más cierto no hablar de demoras sino de conculcación directa).

Captura de pantalla 2016-03-26 a las 19.52.37El acceso a los archivos será un alivio para quienes lo perdieron todo en su empeño por recuperar la vida o, al menos, la dignidad y la memoria de los desaparecidos, de los muertos. Personas como Esperanza Pérez Labrador, que apenas tuvo tiempo para enterrar a su marido, a su hijo y a su nuera antes de huir del país al que quería para salvar su vida, la de su hija y sus dos nietas, aun a costa de abandonar (durante la eternidad de unos pocos meses) la búsqueda de otro hijo, el más pequeño, al que nunca encontró pese a dedicar a ese propósito, exclusiva e infatigablemente, los últimos 35 años de su vida.

En estas fechas, Manoli, la única superviviente de los cuatro hermanos Labrador, ha vuelto otra vez a Buenos Aires, cuarenta años después de su primera huida: no para escuchar a Obama sino para reclamar toda la verdad, el único alivio al que las víctimas pueden aspirar.

VaticanoEn los últimos años, aunque tarde y trufado con exculpaciones amparadas en las leyes de punto final y obediencia debida, Argentina ha ofrecido a quienes sufrieron aquella barbarie, como Esperanza y Manoli, el reconocimiento de su sufrimiento y de su pérdida, porque la sociedad argentina negó inequívocamente la impunidad a los asesinos.

¿Cómo mirar todo ello desde España, donde instituciones representativas y de poder, abiertamente o bajo excusas, aún amparan a quienes rechazan el derecho al reconocimiento y a la reparación de las víctimas de la guerra y de la dictadura y a quienes aún niegan esa barbarie?

Esperanza y Manoli, que dieron pie la investigación que la justicia española inició contra los responsables de la dictaduras argentina o chilena, fueron y son testigos solidarios contra los responsables escondidos de la dictadura española que ahora investiga la justicia argentina. Estuvieron y están allí y aquí.

Las palabras de Obama no limpian la ignominia, pero animan en el camino de la justicia y la memoria. ¿A quién pedir siquiera palabras parecidas para acabar con las exculpaciones que en España aún se emiten desde el poder y las instituciones públicas, por personajes con pretensiones y responsabilidades representativas?

(En ocasiones como esta conviene recordar a Esperanza Pérez Labrador, una mujer insobornable y admirable. Manoli Labrador, su hija, viajó en estos días a Argentina, con la memoria de su madre, para reivindicar la de su padre y sus hermanos, compañeros de tantos otros.)

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.