Este 24 de enero habría cumplido noventa años. Bien de mañana se habría arreglado, pintado los labios; habría pedido a su hija que la ayudara a colocar su pañuelo blanco sin despeinarla, también algunas fotos, y se habría dirigido desde su casa de Villalba hasta la puerta del Tribunal Supremo.

Habría olvidado el cansancio de la semana pasada, muchas horas de pie en ese mismo lugar, indignada y emocionada por el proceso abierto contra una persona a la que quería. Acicalada y enérgica, se habría puesto en marcha convencida de que su presencia ante el Supremo resultaba necesaria.

Habría sido el mejor testigo en el juicio contra el juez Garzón por su investigación sobre el franquismo. En realidad, nada tendría que argüir acerca de las razones procesales o jurídicas, nada que afirmar sobre el debate político implícito, casi nada que explicar en torno a la represión que ella conoció en un pequeño pueblo salmantino durante la guerra y el primer decenio de la dictadura. Sin embargo, su testimonio resultaría decisivo, irrefutable.

Nadie la iba a llamar ante el tribunal. Utilizaría la calle para reclamar con su pañuelo o su pancarta la atención de jueces, abogados, manifestantes o transeúntes. Proclamaría a gritos la verdad de sus sentimientos, los que muchas veces la razón no comprende. Sería el suyo un alegato emocional, insobornable y rebelde, al que un juez atento habría cargado de argumentos.

Lo descubrió una mañana, sentada frente a Baltasar Garzón, después de haber recorrido penales, cuarteles, centros de detención y tortura; después de haber llamado en vano a la puerta de parlamentarios, obispos, ministros, presidentes de Gobierno e incluso la Casa Real; después de haber sufrido la impiedad de la extorsión y la amenaza, del exilio y el pánico.

Siempre dispuesta a un nuevo sobresalto a cambio de una pista para reencontrar lo perdido o reivindicar la memoria de los que ya no podrían volver, acudió a un discreto despacho de la Audiencia Nacional. Allí descubrió después de todo lo sufrido el valor del respeto ajeno, del reconocimiento de su deslumbrante dignidad. También el aliento para renovar su resistencia, su búsqueda, su rebeldía contra el silencio y el olvido.

Había sufrido el asalto de su propia vivienda, el mismo día que violaron las de su hijo y su hija. Había tenido que enterrar a su marido, al hijo y a su esposa, asesinados en aquellos operativos. Y tenía, todavía tiene desaparecido al pequeño de la familia. Se había enfrentado, agarrándole por las solapas de su guerrera, al general Galtieri; había desafiado al dictador Videla, había acudido a las comisarías donde ocupaban cargos algunos asaltantes de sus domicilios para reclamar información y alivio; había pasado muchas noches sin dormir, siempre vestida de calle por si tenía que levantarse de estampida, temblando ante el riesgo de que las patotas volvieran a su casa.

Después de haber conquistado en Rosario (Argentina) el bienestar que deseaba para toda su familia, el que su propia tierra, entonces bajo la dictadura, le había negado, tuvo que exiliarse de nuevo para salvar del atropello definitivo a su hija y a sus nietas. Regresó sola contra las indicaciones de la propia embajada, para buscar al hijo pequeño, “el que está desaparecido”. Sola contra la represión insaciable de los dictadores y, más tarde, contra el silencio y la incomodidad de los primeros gobiernos democráticos tutelados por la sombra de los militares.

Muchas veces le tiritó el cuerpo por su propia osadía y por la rabia que le provocaban los autores de la barbarie, sus secuaces o sus cómplices. Luego supo lo que era estremecerse de emoción por el respeto que la ofrecía un juez capaz de escucharla y de reconocer su enorme dignidad. Ella se lo quiso trasladar a todas las personas con las que compartía el duelo y la memoria de tantos sucesos aciagos, la emoción y la lucha contra el olvido de lo más querido. Y así lo recibieron: el proceso abierto por el juez Garzón contra la dictadura argentina la alentó a ella, a las Madres de la Plaza de Mayo y a quienes trataban de desenmascarar a los represores.

Luchó contra todo y sólo cedió en su ímpetu cuando un juez le brindó la posibilidad de reivindicar lo que buscaba con otros medios: los de la justicia. Por eso, cumplido el proceso, ella le correspondió con un afecto a flor de piel, con su asistencia permanente, pese al cansancio de los años y la enfermedad, a manifestaciones y actos que la extenuaban, pero de los que se recuperaba porque debía estar lista, guapa e incluso sonriente en el próximo, siempre deseosa de expresar su solidaridad y su cariño.

A punto de cumplir los noventa años preguntaba a voz en grito, con una candidez provocadora, ante centenares de personas: ¿ustedes creen que es justo lo que le están haciendo a este hombre? En el pasado septiembre en la Casa de América de Madrid, ante el propio juez Garzón, ruborizado por el alegato mitinero, propuso a quienes habían acudido a homenajearla que promovieran una marcha a favor del magistrado, porque, sin memoria, repetía, no hay respeto ni democracia, tampoco justicia.

El juez reconoció el cariño íntegro de una mujer a la ofreció justicia y, después, afecto. Acudió desde Bogotá a presentar un libro que glosaba su vida, tan alegre como dolorida; proclamó haber encontrado en ella más dignidad que en toda la carrera judicial y reconoció haber llorado pensando en lo mucho que ella había sufrido, y que ella misma, “otras abuelas y otras madres hicieron que mi vida cambiara y que creyera que merece la pena arriesgarse”.

Esta mujer, el testigo irrefutable de Garzón, nunca se doblegó ante los tiranos, tampoco ante las autoridades legítimamente elegidas. Jamás abdicó de su derecho a la felicidad y a la memoria, y por eso cubrió su larga vida de risas y de lágrimas. No tuvo instrucción, porque la vida le fue hostil desde muy niña, pero sí valores adquiridos de quienes tutelaron en Camagüey, en Cuba, su primera infancia. Los defendió con rabia y con toda la pasión de una mujer emocionante, que, al cabo de todo lo sufrido, encontró en el proceso abierto por el magistrado contra la dictadura argentina la última satisfacción: el reconocimiento a la memoria y la dignidad de los suyos.

Por eso este 24 de enero ella no tendría que argumentar las razones jurídicas o políticas a favor de las víctimas del franquismo. Sólo tendría que expresar su gratitud y su emoción por lo que Garzón hizo desde España a favor de las víctimas de la dictadura argentina y chilena, lo que han impedido que haga en España con las víctimas de la dictadura española. Bastaría con verla y conocerla, percibir su grito, sus risas y su llanto para comprender que la verdad del ser humano no admite componendas. Y que hay razones insobornables, que no se explican, porque, de tan hondas, resultan inexpresables.

Esperanza Pérez Labrador, sin embargo, no estará ante las puertas del Supremo este 24 de enero, el mismo día en que habría cumplido noventa años, porque murió hace de dos meses. Habría dado la vida, repetía cuando se le preguntaba acerca del juez Garzón, por este hombre. Y habría bastado esa declaración, esa emoción, para reconocer el valor quienes apenas pretenden resarcir con el derecho a la memoria a quienes perdieron lo inolvidable. Como y con Esperanza.

 

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