Lo dibujó Peridis y celebramos su agudeza. El estado de Pedro Sánchez en las últimas semanas se resumía en cinco palabras: “sin iniciativa y sin discurso”.

Hoy no cabe duda de la justeza del aserto. El propio Sánchez lo sabe y, con sus hechos, su gabinete lo reconoce. La información de Carlos E. Cue en El País, que anunciaba que El Gobierno ultima un plan económico para cambiar la agenda política, invita a renovar la reflexión que se planteó en este Lagar. Por una parte, porque la valida; por otro, porque se corrige.

Las propuestas del Gobierno, a trompicones y a ritmo de yenka, son el resultado de un ejecutivo cuyos miembros acumulan más prestigio y reconocimiento que resultados concretos por la falta de un plan o un programa capaces de articular una propuesta reconocible y estimulante, de largo recorrido, sobre la que también se pueda sustentar el ejercicio pedagógico que estos tiempos reclaman para “explicar la realidad y su complejidad, para sobreponerse a las contradicciones, para primar la política sobre las artimañas e incluso sobre el trampantojo de la imagen y la comunicación desplegada”. Para doblegar el asedio de una derecha impúdica.

El plan gubernamental reconoce que está en marcha lo que se desarrollar con antelación. Pedro Sánchez se vio presidente antes de tiempo y con su partido sin defensas ni argumentos. La moción de censura fue un golpe de fortuna que dejó al descubierto la falta de programa y la banalidad ideológica del PSOE que supuestamente respaldaba al gabinete. El presidente ha buscado remedio a través de un Gobierno que asume el papel que corresponde al partido. Quizás no sea esa la fórmula lógica, tal vez hurte el debate necesario dentro de la formación y en el conjunto de la sociedad, y por ello quizás obligue a la negociación antes que a la reflexión.

Y sin embargo da la impresión de que ese plan, fundamentalmente económico pero no solo económico, pone sobre la mesa una propuesta, una reflexión, un punto de partida, una mirada que, desde el análisis de la realidad y sus problemas, defina objetivos e instrumentos para transformar el escenario e incluso la conversación, el drama y la dramaturgia.

No se puede saber si será suficiente. Se sabe que es imprescindible, que solo así se podrá hablar de lo que más directamente importa, no a golpe de tuit, de emociones o de urgencias, sino a través de la reflexión y el debate que habrán de alentar correcciones y acuerdos, planteamientos y decisiones. Un diálogo con los más próximos, inclusivo y abierto, sin exclusiones ni demoras excesivas, para lograr la aceptación imprescindible y permanecer más allá del primer suspiro.

Ojalá esta interpretación sea correcta y no un brindis a quienes alentamos, pese a todo, la esperanza. Hace demasiada falta, es imprescindible para afrontar los problemas, para alentar la convivencia y para combatir el populismo reaccionario que solo se puede derrotar sin miedo, solo con la ilusión que merecemos.

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