“Este libro ha sido un revulsivo para mi”. Lo dijo José Antonio Pascual, vicedirector de la Real Academia Española, al presentar Esperanza, la novela escrita por Jesús M. Santos en torno a la vida de Esperanza Labrador. El acto, que se celebró el 4 de noviembre en la Biblioteca Pública Casa de las Conchas de Salamanca, tuvo momentos de extraordinaria emoción.

La intervención apasionada de la protagonista, con momentos de gran intensidad, fue corroborada por las aportaciones de otros asistentes, víctimas también de la dictadura argentina. Las personas que llenaron el salón de actos – algunas tuvieron que permanecer en pie– expresaron su emoción con aplausos y sonrisas provocados por la propia Esperanza, pero también con un impresionante silencio y algunas lágrimas. Al acto acudieron varios familiares de la protagonista.

Este libro tiene “todo el aspecto de una novela”, dijo José Antonio Pascual, que la relacionó con “las novelas de las buenas costumbres” frecuentes a finales del XVIII y principios del XIX.

El académico salmantino glosó los cuatro marcos geográficos en los que transcurre la vida de Esperanza: “el Camagüey blando y hermosísimo de la adorada infancia, que nos deja un cuento auténtico”, la sierra salmantina en la que se desarrolla “una adolescencia muy dura aunque siempre cargada de esperanzas”, la Argentina de Evita “para abrirse un camino de dureza pero apasionadamente” y la Salamanca de finales de los 70, donde entre idas y venidas a Argentina la familia vivió su tragedia  “de manera invisible para la gran mayoría de los salmantinos”.

José Antonio Pascual señaló que el libro tiene un valor elemental: “que se reconozca la importancia de la vida de estas personas” en toda su sencillez y en toda su dignidad, porque a través de esas buenas gentes se recorre la historia de España y América.

Como lingüista y dialectólogo se refirió a uno de los cuentos que Esperanza contaba a sus hijos, el de La flor del Mirandés, “uno de los cuentos más hermosos que pueden leerse” y se mostró también interesado por su versión del romance de Gerineldo.

El académico subrayó la permanente presencia de la violencia en el libro, desde la más personal e íntima de la infancia, a la posterior de la guerra y su culminación en la represión de la dictadura argentina. “En este libro he encontrado un relato de la dignidad” y, por todo ello, “tenemos que darnos cuenta de que éstas vidas merecen nuestra consideración y nuestro aprecio”. Y por ello enumeró los nombres que “deben quedar para la memoria de todos nosotros”: además de Esperanza, Víctor, Manoli, Palmiro, Miguel Ángel, y también Carlos Castresana o Ramírez Montesinos.

Sobre el trabajo del autor destacó la sensibilidad para haber recuperado “una historia ejemplar, en la que no busca revanchas, sino que solo pide el reconocimiento de algo brutal”; se trata, pues, de un periodismo “absolutamente leal con las personas, con el descubrimiento de lo más importante de los seres humanos”. Por último destacó que “aquí hay un conocimiento de la lengua absolutamente magnífico. Y todo ello al servicio del conocimiento de “unas vidas que se ofrecen, no para deprimirnos, sino para animarnos”.

 

Esperanza cautivó

El acto había comenzado con la proyección de unos fragmentos de las intervenciones de Iñaki Gabilondo y Baltasar Garzón en la presentación del libro celebrada en el mes de septiembre en Casa de América, de Madrid. A continuación Jesús M. Santos  explicó cómo conoció a Esperanza y las razones que le animaron a escribir su historia.

La última parte de la presentación fue un coloquio entre el autor y la protagonista: el primero fue contextualizando determinados momentos de la vida de Esperanza y ella aportó detalles, anécdotas y emociones. Esperanza volvió a hacer de la presentación un acontecimiento inolvidable.

 

Un coloquio emocionante

Concluidas las intervenciones, varios asistentes quisieron participar en el acto. El ambiente emotivo se cargó definitivamente cuando uno de ellos decidió expresar su comprensión de la lucha de Esperanza. Contó su propia experiencia: él también fue montonero, como los hijos de Esperanza; se enfrentó a la dictadura hasta promover una huelga general y fue detenido, pero de los catorce compañeros arrestados en La Tablada sólo salieron doce;  él giró alrededor de la Pirámide con las madres de la Plaza de Mayo; él tuvo que refugiarse en el exilio después de que ocuparan su taxi decenas de veces; y él también ahogó sus lágrimas ante un auditorio estremecido. Esperanza y su hija, Manoli, le secundaron y respaldaron. Y otra mujer, asímismo argentina, cerró el acto: “al iniciar las intervenciones escuché a personas que hablaban de dignidad y me pregunté a qué dignidad se referían; ahora ya no tengo ninguna duda, sí, habíamos venido a hablar de dignidad”.

 

Video de la presentación

 

 

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