En vilo.

Así estamos griegos, mediterráneos, europeos y otros muchos con interés e intereses en el caso, desde que estalló, imparable, la crisis entre acreedores y deudor (solo uno, porque, sorprendentemente, el resto de los deudores prefiere no darse por aludido); entre la ortodoxia económica o mercantil de la Unión Europea y la ambición (cada vez más, el sueño) de una Europa políticamente solidaria y cohesionada; entre una visión de las relaciones personales, colectivas e internacionales en las que primen los derechos y el bienestar de todos o la codicia y la fortuna de cada uno en solitario (y a los demás que los parta un rayo).

Pues eso, que estamos así: en vilo.

¿O será tan solo una bravuconada? ¿Una, dos o más aún? ¿Puede ser ese el chicken game, el póker o el juego de tronos que han decidido sustituir a la política? El órdago no se justifica cuando está en riesgo el sufrimiento extremo  de la gente, pero las cartas marcadas tampoco favorecen el juego limpio o la mesura del que esta cerca de los indigentes.

La tranquilidad de los mercados explica que unos y otros no se juegan lo mismo, que en un bando hay recursos y argucias que en el otro faltan. En el juego no hay azar: la banca nunca pierde.

La tranquilidad de los griegos sorprende a los observadores. Tal vez sea más exacto reconocer que su impotencia estremece. Si los bancos no abren el lunes… ¿le importa, de verdad, a alguno de los que manejan las negociaciones o las consignas?

No, la vida y el hambre no se pueden dilucidar con bravatas.

¿O tal vez sí? ¿Podría ser el lunes, tan solo, otro día?

Sea lo uno o lo otro, más vale seguir en vilo.

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