Estados Unidos ha sido, sobre todo, un país de inmigrantes; ellos le dieron gloria y riqueza. Ahora sus dirigentes, con el respaldo de muchos ciudadanos, hablan de American first y cierran sus fronteras y amenazan a los que no nacieron en la cuna de las oportunidades.

A Alemania la salvaron de la destrucción otros países y la elevaron a la categoría de potencia mundial los muchos emigrantes que llegaron de España, Portugal, Grecia o Turquía y, en los últimos años, de otros lugares que no son europeos. Ahora por allí avanzan hacia el poder los que amenazan y persiguen a quienes les ayudaron a hacerse grandes.

Francia también creció en prestigio y bienestar merced a los muchos extranjeros que llegaron del sur ibérico, de Marruecos o del África negra. Ahora la ultraderecha que se asoma al poder y condiciona los mensajes de quienes aún dicen defender los valores republicanos los persigue.

Italia envió con prodigalidad a sus nativos a otras tierras más prósperas y, luego, acogió a gentes llegadas de múltiples lugares, del este de Europa o de los países latinos o asiáticos, para que cubrieran los trabajos que los oriundos rechazaban. Ahora para los homologan con gitanos (doble barbaridad) para denigrarlos e incluirlos en listas negras.

Algo parecido ocurre en Cataluña, donde la inmigración andaluza, murciana o extremeña afianzó el bienestar de una sociedad que contó con el beneplácito de la dictadura y el denuedo de los pobres obligados a abandonar sus pueblos y sus tierras. Ahora hay quienes los miran con desprecio simplemente porque para ellos la independencia se conquista en el trabajo y el esfuerzo, y en el afán bien acendrado de convivencia.

Quedan otros muchos ejemplos. Porque así es este mundo. Y este tiempo.

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