Europa es imprescindible, pero en demasiadas ocasiones ha dejado de parecernos necesaria e, incluso, conveniente. Sin Europa no hay salida, pero las soluciones que ofrece no nos satisfacen. ¿Por qué elegir siempre entre lo peor y lo pésimo? Antes, al menos, lo hacíamos entre lo malo y lo peor…

Europa fue un sueño necesario. La unión comercial quiso ser económica e incluso monetaria, mas sin pasar por la política, ni siquiera la política económica y la monetaria. Y ahora hay que poner parches, porque unos cuantos golfos han decidido burlarse de nuestras miserias metiendo mano en nuestra cartera.

Hemos tenido que reconocernos irrelevantes, como una mera entelequia: sin peso real en el mundo, en la historia presente, tras haber ocupado el centro de la evolución humana, pese a haber sido los adalides del pensamiento racional, del respeto a los derechos humanos, de la sociedad del bienestar que todos debían venerar… Bla, bla, bla. Y somos inoperantes, nada más que una mera entelequia.

Lo sabemos desde hace mucho, pero sacábamos pecho con nuestra renta per cápita, el poderío de nuestra industria y nuestros servicios, nuestra capacidad para el turismo y el ocio. Ha bastado la confabulación de unos cuantos sinvergüenzas para destapar todas nuestras vergüenzas. Todas ellas. Solo ellas. Y ahora, con el culo al aire, los pantalones en los tobillos y el invierno arreciendo, no sabemos si taparnos las partes o la cara.

Ahí estamos. Merkel y Sarkozy hacen manitas. Rajoy ríe con un rictus congelado. El emir estadounidense anima a no se sabe qué. Se escuchan algunas recomendaciones que suenan a imposiciones. Tienen razón, repite un coro cada vez más numeroso. Se reúnen los líderes, el Reino UNido hace mutis, los demás se consuelan con acuerdos de mínimos. Y los ciudadanos seguimos preguntando: ¿A dónde coño vamos?

 

Conclusión: Los europeístas convictos y convencidos hemos perdido la fe. Sin Europa no ha solución, lo sabemos; pero los que hoy más hablan de Europa no anuncian nada estimulante. Tan solo que, si no aceptamos el sacrificio, correremos riesgos aún más graves. Nadie indica –menos aún asegura–qué valores obtendremos de aceptarlo. ¿Nadie sabe dibujar una ilusión al otro lado del invierno? Solo estamos en otoño.

 

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