Tengo un amigo, que fue alcalde y aún conserva el gusanillo de la actividad política; esto es, estar donde se toman las decisiones, olisquear y urdir donde se hace y se deshace, aunque sea el bar ubicado en los bajos del ayuntamiento; cuando habla de política recurre con frecuencia a una máxima que, a su entender, convierte al interlocutor en indocumentado (“tú no sabes cómo es la política”) o le descalifica (“no sabes de política”) para la toma de decisiones, ya tenga mayor o menor rango o poder que él.

Mi amigo ha aprendido estos saberes observando en sus alrededores y ha concluido que así son las cosas (y tiene razón) y que, puesto que así piensan los que mandan, así deben seguir siendo (por más que lo comparta con la mayoría de su gremio, no la tiene). Ellos se creen conocedores de un arcano misterioso o mágico, que cobija las normas irrefutables de la acción pública, y que tiene tanto que ver con la capacidad para maniobrar en el grupo, el partido, la corporación o lo que fuere, como en el afán de sumar apoyos antes de sumar razones, o en la imprescindible necesidad de una sombra que ofrezca cobijo y un padrino que reparta caramelos. Por poner algunos ejemplos.

Detesto la política entendida y ejecutada como un juego de póker, porque ese es el origen de la casta que margina al ciudadano de las decisiones públicas y que lleva a la gente a desconectar de los asuntos colectivos. Pero esa manera de entender y ejecutar la política no es patrimonio de unos pocos muy determinados. Pertenece a la mayoría de los que asumen responsabilidades o cargos. E incluso de muchos que las detestan.

El inicio del juego de saludos y enojos, de envidos y órdagos, de poses y declaraciones que se han sucedido en esta primera semana tras las elecciones griegas tendría mucho interés en un videojuego, pero mucho menos cuando los ciudadanos son los representados y los únicos destinatarios de esas simulaciones de faroles y desplantes. La política no son frases ingeniosas ni poses estudiadas, sino relaciones, propuestas, compromisos con los ciudadanos y una enorme capacidad para explicar que, a la postre, el objetivo será el resultado de un proceso de acuerdos sucesivos (que implicarán negociaciones, capacidad de convicción y suma de fuerzas) orientados a los más posibles en el pueblo, la comunidad autónoma, el estado, la Unión Europea…

Por eso el póker (Antón Costas lo llama El juego del gallina) iniciado entre Syriza y las facciones más radicales del actual poder europeo decepciona, aun a sabiendas de que son escarceos, juegos para la galería, mensajes entre ellos. Sin embargo, porque en esos movimientos están en juego demasiados asuntos que afectarán a casi todos los ciudadanos europeos, hay algo peor que sentarse a la mesa a manejar señas y naipes. Son las maniobras de los que ni siquiera juegan, los que se esconden de pie tras la partida, los pelotas siempre prestos a aliarse con el que manda, aunque les esté apretando en la yugular a quienes ellos supuestamente representan. ¿Hacen falta más detalles?

¡Qué curioso! Portugal, España e Irlanda se han sumado, incondicionales, a los sectores más radicales contra la renegociación de la deuda griega. Ni siquiera han tendido el hombro a los países más moderados, Francia o Italia, que, a la vista de que los problemas también les afectan, buscan calmar a la furia de los recortes y la austeridad.  No cabía esperar otra actitud de quienes tenemos más cerca.

Hubo oportunidades anteriores que también se desperdiciaron. Las sucesivas llegadas al poder de Hollande y Renzi abrieron una vía de negociación de la que podrían obtener algún beneficio los países más castigados por la crisis y por la deuda. Pero, no. Decidieron hacerle la pelota a Alemania, anteponer la ideología a la realidad e incluso a los intereses ciudadanos. Para que luego hablen de ideologización, de populismo o de lo que se les ocurra…

La verdad es que Hollande y Renzi no han estado ni firmes ni fuertes en defensa de sus posiciones; se les ha visto recular más avanzar, pero algo han insinuado. Sin embargo, España, Portugal e Irlanda se han mantenido en Babia, pensando en el paraíso que creyeron ser, elogiando la austeridad que les imponen a costa del sufrimiento unos ciudadanos que les deben resultar ajenos. Tal vez sea que los votantes de derechas han de tener el tener el buen gusto de ser ricos, porque los otros, los pobres, son la causa de su propia pobreza; sobre todo, cada vez que aspiran a dejar de serlo.

Lo más estúpido ocurre cuando se argumenta que renegociar la deuda griega supondría la posibilidad de perder los 26.000 millones que España ha dedicado al rescate heleno. Vaya por dios: la deuda española está ahora mismo en el billón de euros. ¿O ambas cosas no guardan relación, ¡espabilados!?)

Hoy los explica con meridiana claridad Paul Krugman. Grecia pone a prueba a Europa, dice el nobel de manera tan clara que no se antoja una posible refutación solvente. Sin embargo, cabe la posibilidad de que los europeos nos perdamos por el camino entre los juegos de estrategia o el seguimiento de quienes han decidido engañarnos; ellos conocen el porqué: el objetivo, sí, de la desigualdad, escondido entre ausencias y eufemismos.

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