Bernardo Atxaga es el creador de Obaba, uno de los mundos imaginarios más admirados de la literatura española. Sin embargo, como Gabriel García Márquez respecto de su Macondo, él pone reparos al calificativo siempre que se enfatiza. Obaba y Macondo son tanto fruto de la imaginación como de la experiencia o, quizás mejor, de la experiencia recreada a través de la emoción y la literatura.

Al concluir la lectura de Días de Nevada he recordado que, hace menos de un año, cuando el escritor vasco acababa de entregar su obra a la editorial, coincidió en una mesa redonda con Gonzalo Hidalgo Bayal, el creador de Murania –otro mundo excepcional e imaginario de nuestra literatura reciente. Allí hablaron de muchas cosas. Por eso he recuperado algunas frases que anoté de Atxaga:

  • “Ahora mismo soy una persona que pone por delante de todo la comprensión de la experiencia. Es decir, cuando yo era joven, yo tenía una idea de lo misterioso, del misterio, un poco como Alicia al otro lado del espejo o como esos cuadros que detrás esconden un misterio y una cifra que hay que desentrañar, como algo ajeno. Luego, poco a poco, como mucha gente que va cumpliendo años, me di cuenta de que el misterio está en la comprensión, en la infinita trama de la experiencia; sin la experiencia que parecía en sexto de Bachiller tan fácil, aquello de conócete a ti mismo, resulta que, cuando uno tiene muchos bachilleres encima, realmente comprende lo difícil que es seguir ese dictado y conocerse. Entender la experiencia propia es quizás lo mas difícil y, claro, es lo que luego determina lo que la imaginación va a hacer con esa masa o como se quiera llamar”.
  • “Cuando empecé a escribir, una de mis preocupaciones fundamentales era el de pertenecer a un lugar –vamos a decirlo con toda claridad– despreciable, como todo lo campesino, sobre todo, en el sur de Europa; el campesino, si uno se mira en el diccionario de mal decir, se da cuenta de que casi todos los insultos en su origen fueron denominaciones para campesinos. Es decir, aquí interviene una consideración de clase: el campo, los campesinos, los de Las Hurdes, los del Valle del Hernio, nosotros todos, hemos sido la contrafigura del señorito, del burgués, del pequeño burgués, del que iba una vez a París y parecía que ya venía convertido un marqués, etc. Entonces la reivindicación literaria, desde el vasco, no es como tantas veces se ha escuchado una reivindicación nacional. No, perdón, puede ser, puede ocurrir, pero también es una reivindicación de clase”.

He acudido a las notas tomadas en aquella ocasión, porque en cierta manera me parecen significativas para entender y valorar esta obra de Atxaga, distinta a otras anteriores, peculiar, de pequeños relatos aislados y entrecruzados, autónomos y relacionados, en los que la experiencia se vive desde la memoria y la memoria se proyecta sobre la experiencia, por sus similitudes o sus casualidades, por sus radicales diferencias y por sus distancias. Y a través de ello el libro, en el que comparecen reiteradamente el propio escritor, su esposa y sus hijas, resulta inevitable reflexionar sobre la identidad en un mundo que invita al desarraigo o a la mixtificación.

Días de Nevada (Alfaguara, 2014) propone un relato aparentemente disperso que adquiere densidad y sentido a medida que el lector se adentra en el diario aparentemente neutro de la experiencia del autor en Estados Unidos, intercaladas con las emociones vividas y recreadas en el País Vasco, con sus personajes familiares (en el más amplio sentido). El conjunto ofrece su pleno significado en el momento que ambas situaciones se retroalimentan: la experiencia analizada desde la memoria se transforma en una forma de aproximación a lo vivido.

Quizás no sea este el libro más fácil de Bernardo Atxaga, quizás provoque, pese a la fidelidad a su propio universo literario, algún desconcierto por la propia ambición de una propuesta subliminal, aunque evidente. Sin embargo, se trata de una obra cargada de ambición, de momentos excepcionales y de absoluta coherencia con su tiempo y su mundo.

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