¿Hay más argumentos de progreso en el discurso de Pedro Sánchez o en el de Emmanuel Macron? ¿Más perspectivas de avance social en el del presidente francés o en el de Podemos? Puede parecer una provocación. No lo es.

Macron es contradictorio y sus propuestas redistributivas por la vía de los servicios públicos que no por la fiscal, tendrán que superar la prueba del algodón. Pero en su mensaje hay vigor y realismo, dos razones que generan envidia en otros lares vecinos.

La reivindicación fundamental de la izquierda, la igualdad de derechos y el reparto equitativo de la riqueza, parece definitivamente obsoleta. Hoy no es más que una frase escrita en la pared. Los partidos de la izquierda se muestran distraídos tal vez en otros asuntos. La sociedad expresa, siquiera a través de las encuestas y de los resultados electorales más recientes, su desapego no solo de ellos, también de aquellas reivindicaciones antes fundamentales.

O tal vez se trate de la necesidad de un cambio de estrategia que ha ido calando en la sociedad: plantear frontalmente aquellas cuestiones del viejo ideario conducen a la melancolía. Ahora los objetivos se buscan en zigzag, no directamente. El impulso europeísta de Macron y la posible alianza entre la CDU y el SPD alemanes dibujan un horizonte menos depresivo e incluso, en cierta medida, estimulante. Es lo que queda.

Y lo que queda en este tiempo es que solo por esa vía se puede encontrar un antídoto contra la apatía y la resignación. Cabe un paso adelante en esta Europa amodorrada y desde ella, gracias a los valores que su ideario encierra con relación a los que dominan sin matices en otros espacios, cabe un futuro en el que se reconozcan errores y se recupere la necesidad de, por ejemplo, la libertad, la legalidad y la fraternidad; o del socialismo personalista y distributivo; o del decaído estado del bienestar, según se mire desde París, Berlín u Oslo.

En el tiempo de Trump, del Brexit u otros movimientos que recorren el mundo, ¿se puede soñar de otra manera que no todo está perdido?

Sin embargo, si solo se ira el horizonte que hoy ofrece España, las dudas se acrecientan. Cada vez son más las personas que no se sienten representadas por nadie, que no se sienten acogidas por ninguna formación política, que no tienen a quién votar. Extraviados, inermes, abatidos.

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