Una mujer encarga a su nieta en su testamento que traslade un mensaje al hijo que le robaron nada más nacer en tiempos de la dictadura y al que nunca volvió a ver. A partir de ahí se entrelazan historias y situaciones similares que desvelan la hipocresía que trasciende una época concreta y se extiende hasta la actualidad a través de ciertos poderes ocultos. La tradición y la religión amparan la impunidad de esos sectores en determinadas sociedades en las que el poder se disputa bajo el manto de la costumbre y las sotanas. El sentimiento de culpa acalla a las víctimas y la predisposición a la venganza encumbra a quienes detentan el poder bajo el señuelo de la tradición y la fe de los ingenuos.

Ese es el trasfondo de Piedras negras (Tusquets), la última novela de Eugenio Fuentes. El escritor extremeño se vuelve a servir de su detective de cabecera, Ricardo Cupido, para regresar a Breda, lugar imaginario de la mayoría de sus obras, y a la novela negra, un género por el que ha transitado con solvencia y reconocimiento. Sin embargo, en esta ocasión, Ricardo Fuentes retoma fragmentos de una de sus obras más representativas, Si mañana muero, ajena a un género determinado, para poner de manifiesto su voluntad de fundir su doble faceta de narrador.

La investigación policial se desarrolla en una realidad concreta, la de una sociedad marcada por la burbuja inmobiliaria, el lavado de dinero y el 11M, pero en este caso el escritor desborda la estructura del género para profundizar en la definición de sus personajes y sus sentimientos. Abundan también las referencias visuales, producto de la afición por la narrativa cinematográfica, y algunos detalles que remiten a la picaresca escondida en los sectores más oscuros. Porque, como ha dicho Eugenio Fuentes, “mis novelas no son de gánsteres sino de tormentos interiores”.

En definitiva, un trabajo complejo y fluido; ficticio, pero no irreal.

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