Al día siguiente de los atentados de París sorprendía ver en la tele a personas conocidas, y a las que aprecio, pronunciándose abiertamente a favor una declaración de guerra contra el yihadismo. Encontré a periodistas que comparecían ante los enviados especiales para quejarse de la relajación de las autoridades francesas tras el ataque contra Charlie Hebdo. Venían a decir que el gobierno galo había despreciado la amenaza y que “esas eran las consecuencias”. Me sorprendió tanto ardor guerrero, comprensible en momentos de conmoción, porque ésta anima a la venganza, pero incongruente con la imagen que tenía de tales personajes.

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A ese desconcierto se sumó un primer artículo de John Carlin despreciando el buenismo pacifista y otro posterior, más difuso, menos beligerante, para destacar la polémica latente en la sociedad británica sino en toda Europa. Del tajante “no a la guerra” de 2003 se ha pasado a una muy superior comprensión de la violencia. ¿No aprendemos? ¿O aprendemos?

La guerra de Irak no resulta homologable con la declarada al ISIS, al Daesh o al EI, según se prefiera denominar a ese “estado” implementado sobre lo que fueron antiguos campos de  batalla. Las incontables víctimas, ya sean muertos o refugiados –todos, en su inmensa mayoría, musulmanes– merecen una sociedad internacional que los defienda, aunque solo las víctimas europeas hayan alentado el estruendo de los tambores de guerra. La batalla declarada por el yihadismo es religiosa, busca una posición de hegemonía en otros terrenos y, por eso, hasta ahora, persigue mucho más a los herejes que a los infieles.

Esta es también una crisis que las potencias internacionales han alentado con su política errática y táctica, con sus intereses económicos y geoestratégicos, con la venta de armas y con instigadores a los que occidente considera amigos, con enfrentamientos entre Rusia y Estados Unidos, con países beligerantes de posición ambigua (por decirlo de alguna manera) como Turquía y, en medio del conflicto, con una población, la kurda, sin reconocimiento ni derechos.

El lío es imponente. Tan grande que no puede resolverse a cañonazos. Ni con la desvergüenza de hacerlo con bombardeos mientras otros, muchos más pobres y peor pertrechados, ofrecen sus cuerpos como objetivos terrestres. ¿Entonces?

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El Gobierno español encuentra una salida por la tangente: sustituir a las tropas francesas en Mali para alejarse de la batalla de oriente (de tan mal recuerdo, 2004, elecciones), horas antes de que Al Qaeda atentara en el territorio africano. El Gobierno rectifica, primero, y después huye, despavorido, de cualquier argumentación o compromiso. Que pase este cáliz.

El PSOE aboga por el respaldo a Francia sin tropas terrestres. Y Ciudadanos se suma al pacto. Podemos e IU no lo quieren, ni consensos ni guerra, pero sus alternativas son poco más que otro escondrijo, que, para algunos, rearmados tras el asalto, no basta, resulta insuficiente.

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Fuera de la complejidad el análisis yerra. Dentro de la complejidad las decisiones se ocultan. Tenemos el lío que nos merecemos, pero las victimas, una vez muertas o desarraigadas, solo pueden ser inocentes. Y el cadáver, ay, concluyó Brecht, siguió muriéndose.

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