A la ambigüedad de este papa frente a la dictadura argentina se añaden sus contradicciones frente contra el abuso de menores por parte de cualificados ministros de su iglesia. Sus palabras en Santiago de Chile no se correspondieron con su defensa del cardenal Barros, al que algunos niños abusados situaron al lado de su abusador en el mismo momento del abuso. “Todo es una calumnia”, respondió el pontífice al periodista que pudo preguntarle sin ambages sobre su condescendencia con el amigo al que elevó al cardenalato. Para esa respuesta no hacían falta las excusas lastimeras previas. Ante la barbarie o se combate o se es cómplice. Como ante la dictadura. En situaciones tan graves acaso la púrpura pretenda otros dilemas. Ocurre cuando la compañía se convierte en secta; una comunidad a la que en algunos lugares llaman familia.

Francisco se destapó en Iquique, escenario a comienzos del siglo XX de la matanza de trabajadores del salitre por parte del ejército chileno. En aquella ciudad se entiende como en pocas partes el significado de la opresión y del silencio. Así lo puso de manifiesto la cantata Santa María escrita por Luis Advis e interpretada por Quilapayún. Aquel himno fúnebre se cargó definitivamente de fuerza reivindicativa tras el 11 de septiembre de 1973. Preludiaba el golpe de Pinochet, apoyado por Estados Unidos, contra el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende. Corroboraba el fracaso de un sueño, el de una generación que creyó en la transformación de la sociedad mediante el voto popular.

De entonces la confianza en el voto popular para transformar la realidad ha decaído en gran medida por las ambigüedades y contradicciones de los procesos sociales amparados en fórmulas convencionalmente democráticas. Francisco ha demostrado que su institución ni siquiera llega a ese punto. Cuando el repudio de los abusos de menores son un clamor sin excusa ni ambigüedad soportable, este papa no tenía otra salida que embarrancar a la vista de todos. En Iquique.

¿Cómo pueden negar sus más recalcitrantes defensores que el expresidente Puigdemont “es más un desertor que un compañero”.

 

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