Los medios de comunicación supuestamente serios dejaron de serlo por mor de sus intereses,cada vez más evidentes a medida que crecieron y se convirtieron en grupos, corporaciones, multimedia u otras cosas de incalificable calaña. Las fugas de wikileaks, que ya he comentado, ponen de manifiesto que ellas son lo único importante, que el máximo interés, o el único, se encuentra en lo que no pasó por mano de los periodistas ni de los medios convencionales. El valor añadido por éstos ha sido equivalente a cero, cuando no negativo, porque algunos han conseguido desacreditarse por sus propios méritos.

Me han llamado la atención algunas informaciones, impecables como resumen de lo remitido al sheriff supremo y por lo fugado a través de wikileaks a los medios supuestamente serios. Y me han sorprendido algunas tergiversaciones, pero, sobre todo, el afán de ofrecer gato por liebre o verdades por opiniones interesadas. Nada de investigación. Nada que interprete las fugas desde la complejidad de las relaciones diplomáticas o del momento concreto en que se emitieron los informes.

Después de haber seguido de cerca de la actividad política de la Transición original, llegué a un gran medio de comunicación. Entonces supe lo que era hacer política. Después he pasado por lo mejor de cada casa, sobre todo del sector audiovisual, y desde allí he vuelto a entender que nadie ejerce en mayor medida como actor político que los críticos de la política. Hacia fuera, pero muy especialmente hacia dentro: hacia sus propias empresas y en la relación de éstas con los poderes públicos.

Lo que cabe deducir de las fugas de wikileaks son juegos de niños al lado de lo que han hecho presidentes, vicepresidentes, consejeros delegados y una caterva enorme de meritorios ante las mismas instituciones a las que ahora critican por haber sido asediadas por otros actores públicos. ¿Cuestión de poder? En muchas ocasiones, el poder efectivo de un grupo editorial (no digamos de varios) supera, con mucho, a la de una embajada, por muy estadounidense que sea. Lo he visto. Lo he comprobado. Y no por culpa del grupo o sus personajes, sino por la miseria de los gobernantes, dispuestos a plegarse ante otros miserables.

Pero también he conocido fracasos memorables que se vendieron como triunfos. Y por tanto, éxitos ruinosos. Nunca se jugó, nunca se juega en estos casos, con las cartas sobre la mesa; unos y otros sólo cuentan la parte que les interesaba, todos se encargan de que la verdad quede al margen. Y el juego tiene aspectos de habilidad y sutileza que no justifican sus fines.

Y sabiendo todo eso, ¿por qué ahora en muchas ocasiones se da por seguro lo que es apenas una manifestación de parte? Reconozco que ha habido trabajos impecables (llevaban firma) y otros deplorables (también firmados, por otros).

Supongo que la parcialidad resulta inevitable. Pero me llamaron la atención, en su día, los titulares acerca de los comentarios de la embajada norteamericana sobre el presidente del Gobierno y sus ministros. De un conjunto de afirmaciones bastante más elogiosas de lo que yo mismo hubiera expresado, se destacaba alguna ocurrencia, perfectamente asentada en el acervo común de cualquier enteradillo, que las anotaciones críticas diplomáticas matizaban. ¿Es el periodismo? Ya.

Hoy leo que “España apoya en el Sáhara una solución favorable a Marruecos”. Leo todo el artículo y concluyo: “El Gobierno español ha rechazado todas las propuestas marroquíes sobre el Sáhara”. ¿En qué quedamos?

Paso página y encuentro “La familia de Couso presenta una denuncia contra fiscales y altos cargos”. Leo y suscribo el planteamiento realizado por los familiares de Jose. Las fugas avalan su reclamación de transparencia y, si se ratificaran los indicios, de sanción a quienes pudieran haber incurrido en delitos, faltas o simples falsedades.

Por el contrario, no puedo suscribir a los nuevos bienpensantes que ahora arremeten contra el ejecutivo por un caso que ellos mismos trataron de limitar en su información y en sus efectos. Pero no porque ese pasado les convierta en sospechosos o en reos sempiternos, sino porque no han sido capaces de añadir un mero dato a lo que ya se sabía. Los periodistas están para eso: para buscar información y aportarla. Para pedir responsabilidades ya se basta la familia Couso. Y más le vale, porque, a algunos de los que ahora se ofrecen como amigos mejor sería incluirlos entre los presuntos responsables.

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