Un jugador de fútbol agrede a su novia y un juez acaba imputándole por un delito de violencia machista. El público aclama al futbolista en el estadio e insulta a la mujer que le denunció: “Es una puta”, canta la grada. Nadie adopta ninguna medida, nadie sanciona. Los medios reflejan el incidente. Cosas de las aficiones.

Un jugador ficha por un club. Un grupo de aficionados exige su inmediata expulsión, increpa e insulta al futbolista, al que acusa de haber usado símbolos racistas, y amenaza a los dirigentes. El jugador aduce que es nacionalista, defensor de su país, ocupado por una potencia extranjera y privado del control de una parte de su territorio; que a eso aluden los símbolos utilizados, en ningún caso racistas; simplemente el escudo de su país. La contratación se paraliza, los dirigentes se tapan la cara sin saber qué hacer y los medios acosan a los directivos contra sus hinchas radicales (supuestamente de izquierdas).

Otro jugador es denunciado por agredir a su novia, detenido, puesto en libertad y pendiente de juicio. El club apela a la presunción de inocencia, mientras no exista una decisión judicial firme; no obstante, añade que está en contra de la violencia de género. Los medios de comunicación aplauden la mesura del club.

¿Mesura ante el racismo o el sexismo?

Que una afición rechace a un jugador por sus comportamientos racistas es una actitud digna de elogio. Como lo sería que los dirigentes de un club evitaran esa situación descartando a ese tipo de colaboradores. Otra cosa es la acusación infundada, sin pruebas, con mentiras, porque tales actitudes se identifican con lo que se pretende condenar.

Sexismo y racismo en el deporte. Una relación harto frecuente, de la que los medios de comunicación participan. En el racismo, de manera más sutil. En el machismo, de forma evidente. Se escucha a las gradas, a los dirigentes, a los programas de radio, a las tertulias de televisión, a ilustres comentaristas y da asco: testosterona, bromas, desprecios o el consabido “este deporte es para hombres”.

Ante lo obvio, la denuncia, la respuesta de los medios resulta blanda, incluso repugnante. La presunción de inocencia es la cantinela con la que desde el ámbito político se esconde la complicidad con el delincuente. Y no porque no sea un derecho, sino porque se antepone a los valores que constituyen el fondo de la cuestión.

El club equilibrado acudió a la excusa para añadir, después, su repulsa ante cualquier comportamiento violento o maltrato sexista. ¿Por qué no al revés? Primero, el repudio de la violencia y el sexismo; segundo, el compromiso de no acoger en el club a jugadores o empleados implicados en ese tipo de actos. Tercero, sí, respetar la presunción de inocencia en tanto se esclarecen los hechos denunciados; para no conculcar derechos personales, pero sin apología del delito o excusas vanas.

Esa sí sería una actitud razonable. Todo lo demás, un trágala. Que el tiempo, la indulgencia o el olvido se encarguen de que todo siga como está: en complicidad con el racismo y la violencia.

El fútbol español vivió un momento de gloria cuando un entrenador, Guus Hiddins, advirtió al presidente de su club y a  los árbitros del partido que su equipo no disputaría el partido, si no se retiraba una esvástica, una bandera nazi, de uno de los fondos de su propio estadio. No se ha vuelto a repetir.

En los campos se producen proclamas sexistas y racistas y ningún entrenador ni ningún directivo han sacado a su equipo del terreno de juego, al menos hasta que se impusiera la cordura y se castigara a los bárbaros. Mientras no se haga, el deporte será cómplice de actitudes que deberían estar penadas, porque o son delictivas o porque generan inducen al delito.

(Concluido este artículo, aparece en El País Semanal otro referido al mismo asunto. Lo firma Manuel Rivas. Lo titula: Nosotros no somos racistas).

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