Parece que hasta que el Papa intervino nadie se dio por aludido. Al arzobispo le constaba desde mucho antes de, supuestamente contrito, tirarse al suelo catedralicio. El ministerio del Interior tenía conocimiento (de los hechos) “desde hacía tiempo”. El juez ha ordenado la prisión incomunicada de la red meses después de que se airearon sus correrías y tuvieran tiempo para tramar cualquier nueva patraña de defensa. Y buena parte de la sociedad granadina tenía las orejas tiesas por el despendole de los romanones, aunque se callaran todos; o casi todos.

Menuda mierda. No hay cárcel para tanta gente. Habrá que aplicar métodos más inmediatos o expeditivos frente a quienes formaron parte, ocultaron o ignoraron a sabiendas a unos ladrones de viejecitas, a unos depravados con sacramento, a unos abusadores en el nombre de dios y de su santa madre iglesia.

Hasta el denunciante llegó a pensar que el bien de la iglesia requería su silencio… Se arrepintió siete años después y denunció a los delincuentes, antes, hace varios meses, de que el Papa le anunciara medidas. Pero no ocurrió nada hasta que el sumo pontífice destapó la charca. ¡Manda huevos!

¿El arzobispo aún anda suelto? ¡Granada, alerta!

¿Y el ministro que dice que algo sabía?

 

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