Europa y Grecia se han puesto en evidencia. Recíproca e individualmente. Los ciudadanos hemos asistido a una negociación y a un conflicto que revelan los modos peores de la acción política: el tactismo, el sometimiento de los intereses ciudadanos a las disputas de poder, la incapacidad para plantear objetivos de medio y largo plazo por encima del sufrimiento de la gente.

La idea institucional que representa la Unión Europea ha perdido valor y crédito entre los ciudadanos que más la defendían. La crisis ha puesto de manifiesto que esa Unión reclama un replanteamiento muy profundo, una reinvención. La prioridad o la prevalencia de lo económico ha desarrollado mecanismos e instituciones sin control político ni democrático que, a la postre, han supuesto un lastre para la propia economía general a cambio de beneficios ingentes para unos muy pocos..

No ha ocurrido así por la casualidad o la inocencia colectiva sino por la desregulación, por la hegemonía incuestionable del neoliberalismo financiero, por la imposición de unos pocos sobre la inmensa mayoría con la coartada de un pensamiento económico transformado en dogma ante la incomparecencia de una izquierda en retroceso o, peor aún, en retirada: sin alternativas y servil. No fue el azar.

Pese a todo ello, ¿cabe una verdadera oportunidad sobre los escombros de esta Unión Europea insensible e insensata?

El caso griego provoca decepción entre quienes desean una Unión Europea más coherente y cohesionada, más atenta al bienestar de los ciudadanos y a la solidaridad que a la lógica del beneficio y al interés de las finanzas. Pero no se puede olvidar que en los últimos (muchos) años cada uno de los socios solo ha reclamado a las instituciones europeas beneficios para sí mismos, por separado; nadie ha alentado firmemente un proyecto colectivo, una superación de los límites y las contradicciones de la Unión económica y monetaria, la construcción de un ámbito de referencia en cuanto a derechos, libertades y cohesión social.

La responsabilidad no reside en Bruselas sino en cada uno de los países que se empachan de europeísmo tan solo para reclamar el reparto de los beneficios o el botín.

Quizás los tiempos no hayan sido propicios. El proyecto europeo se sintió desvalido ante hegemonía de las propuestas ideológicas que abanderaron los Reagan, Thatcher, Blair…; ante la atonía de los movimientos sociales relegados a la hibernación y el ninguneo; ante la ausencia de personalidades capaces de alentar siquiera los procesos imprescindibles para proseguir la senda de la cohesión.

La construcción de la Unión Económica y Monetaria fue una apuesta incompleta a sabiendas, necesitada de una Unión Política que abanderara (dirigiera y controlara) lo anticipado en el ámbito financiero e impulsara el objetivo más relevante: la Unión social. Pese a lo que se escucha ahora a muchos críticos del euro y de la gestión económica de la Unión, en Maastricht se hablaba de todo eso e incluso se consideraba imprescindible en el corto plazo.

Pero se abandonaron los sueños y se impuso la autosatisfacción. Los socios entraron en una época cazurra en la que todo se valoraba exclusivamente por la manera en que cada decisión o propuesta afectaba al cortijo propio. La ampliación del mercado (y de los socios) se antepuso a los avances más profundos, porque, cuando a la actividad de los mercados se les reconoce una lógica virtuosa, que evita cualquier tipo de supervisión o control, todo lo demás se diluye o desaparece.

La hegemonía conservadora y la banalidad de una socialdemocracia anonadada limitaron las ambiciones y redujeron las expectativas al interés nacional. Cada uno sumaba y restaba y a todos les salía a cuenta, por la vía de las ayudas directas o por el crecimiento de unos intercambios comerciales que fortalecían a los poderosos.

En eso llegó la crisis.

Y surgieron problemas y necesidades que evidenciaron las carencias políticas y democráticas de las instituciones europeas, la hegemonía del dogma neoliberal abanderado por Alemania y la troika y sumisamente asumido por los países en apuros, la incapacidad para tejer mayorías de gobiernos en torno a nuevos planteamientos y la aceptación cazurra del sálvese quien pueda, aunque sea a trompicones.

Irlanda, Portugal, España y, sobre todo, Grecia pasaron, y pasan, las de Caín. Por culpa de las debilidades europeas, del vasallaje exigido por los poderes financieros… pero también, y de manera muy especial, por sus propias culpas. La falsedad de las cuentas griegas mostró la cara de un país en bancarrota. La burbuja inmobiliaria española puso en tela de juicio buena parte de su sistema financiero; los sucesivos gobiernos apostaron por salvar a la banca con los recursos de la mayoría pobre, a cambio de la pérdida de derechos sociales y una ruina global aún mayor.

Los arruinados responsabilizaron con razón a Europa por su cicatería, pero fueron incapaces de tejer compromisos con otros socios para exigir acciones diferentes y se escudaron demasiadas veces, de manera más o menos subrepticia, en la bondad de la austeridad y en la maldad de los que, pese a todos, aportaban recursos para impedir que el tsunami acabara con países y economías enteras.

No hubo en ningún caso generosidad ni un elemental sentido de la equidad o la justicia; cada cual se ocupó de la defensa propia o de aquella caridad que empezaba por uno mismo. Sin embargo, este detalle resulta difícil de argüir cuando el que se defiende es un elefante y el que acusa, una mariposa.

En ese punto, las elecciones en Grecia, llegó el conflicto frontal, cargado de palabras y desplantes. Tenían tantas razones los helenos para votar lo que votaron que merecían que sus representantes electos no les hubieran engañado, prometiéndoles lo que no podían asegurar, lo que no dependía de ellos, máxime cuando seguían necesitados de la respiración asistida que les proporcionaban los mismos a quienes decidieron convertir en enemigos.

Más allá de la razón o la sinrazón del sentimiento, ¡mal remedio! Ellos solos contra todos, ¡peor aún! Y actuando en la confrontación con las mismas armas que sus adversarios: las medias verdades, las bravatas e incluso la utilización de las emociones para sobreponerse al caos, ¡mal remedio!

¿Saldrá alguien vivo de este tragedia? Y si el escenario se transforma en cementerio, ¿qué papel le corresponde al espectador?

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