Si hay que hablar, hablemos. ¿Es posible?

¿Existe algún hecho, alguna certeza, algún momento, sobre la que construir un debate razonable y, llegado el caso, sobre el que asentar una expectativa de futuro?

Quizás no sirva de mucho, pero convendría poner sobre la mesa –ya sea de la polémica o del conflicto– todos los argumentos que pueden ser constatables. Para ratificarlos, matizarlos o desmentirlos. Y pasar al capítulo siguiente.

Sobre los datos depurados, con su previsible complejidad, se podrían tomar decisiones. Unas se han tomado sobre falacias, otras se podrían haber tomado por decencia.

Cuando las decisiones se adoptan en función de creencias o de mitos, la religión reemplaza a la política: la emoción está asegurada y la razón, perdida. La convivencia queda en mano de los dioses o sus profetas.

Aparte de los datos, existen sentimientos. Respetables, sí, salvo que se justifiquen con mentiras. Que abundan.

Sin ley no hay democracia, pero la ley no basta. El referéndum puede ser democrático, pero cualquier consulta no es en sí misma democracia.

La ciudadanía es un derecho inviolable. De los ciudadanos. ¿Puede una simple mayoría privar a una simple minoría de ese derecho?

Valle Inclán creó el esperpento para mostrar la realidad a través de un espejo deformante que acrecentara las contradicciones y las miserias de la sociedad de su tiempo. Una manera de mirar y de verse. Por eso no se puede calificarse la sesión del Parlament que aprobó la convocatoria del referéndum como un esperpento. Solo es un retrato cruel, tal vez esporádico; en cualquier caso, certero; nada deformante.

La apoteosis de un parlamento bananero no impide mantener a sus dirigentes, de la misma manera que un gobierno despectivo, o al menos displicente, se mantiene en el poder afirmando que defiende a quienes desprecia.

Se ha argumentado que el PP es una fábrica de independentistas. Y es tan cierto como que el independentismo es también una fábrica de peperos. ¿Quién le da las gracias a quién? ¿Los que no participan de esos contubernios?

Se ha dicho que las decisiones del Parlament o, mejor, de quienes impusieron su voto tras negar la palabra a buena parte de la cámara, realizaron un golpe de Estado. Quizás resulte exagerado. ¿Pudo ser un golpe al Estado? ¿Hay mucha diferencia?

¿Alguien persigue el honor y la gloria de la cárcel o, al menos, de una detención para la historia?

El riesgo de la violencia existe. Si llega, la responsabilidad será del otro. ¿Se buscan mártires?

2-O. ¿Ese es el día para el auténtico debate?¿Cómo iniciarlo? ¿En qué punto? ¿El 11 de septiembre de 1714, acaso?

El tiempo no ha pasado en vano. El nacionalismo ha desplegado su ofensiva sobre el tablero. El gobierno español ha permanecido inmóvil. La épica no está de su parte y la victoria, si llegara, será numantina.

En el resto de España se empieza a discutir a partir de las razones que provocaron la pasión nacionalista: la derogación del Estatut por el Tribunal Supremo, por ejemplo, o la crisis, por seguir paso a paso; para luego abordar las razones concretas de la desafección. Demasiado tarde, tal vez, tras haber negado cualquier asomo de empatía respecto a los sentimientos que ha generado el ninguneo e incluso el desprecio.

En Cataluña el despliegue ha arraigado incluso entre muchos que observaban los movimientos ajenos a la confrontación. Se obvian los orígenes de esta marea y se consideran irrelevantes los procedimientos a través de los que se ha ido construyendo la reclamación independentista. Así se han ido construyendo asideros ahora difícilmente refutables: el irrenunciable derecho a decidir, alimentado como un principio de derecho natural o internacional, según se mire; la limitación del ejercicio de la soberanía al pueblo catalán, concepto tan necesitado de vacunas como el pueblo español; la existencia de legitimidades diferentes o enfrentadas respecto a la legalidad en vigor; el establecimiento de unas bases por las que unos pueden decidir sobre otros. E incluso contra otros. Por un voto más. O por un voto menos.

Cuando se escucha a Ada Colau o a Sí que es pot se advierte hasta qué punto algunos aspectos relevantes del debate ya se dan por resueltos. Ellos también se han movido y conforman una mayoría que ha cambiado las que pudieron ser reglas del juego. Ahí radica la enorme responsabilidad del Gobierno de España. Pero con eso no se justifica todo.

Acuciados ante lo indeseable, todo es reiteración. En este momento Rajoy juega en su terreno. La ley es lo primero. El problema permanecerá por culpa de quien cegó cualquier salida y por culpa de quienes llevaron el conflicto a la ilegalidad.

¿Cómo demostrar que los españoles no son su gobierno? ¿Cómo demostrar que los catalanes no son su Generalitat? ¿Para qué sirven a estas alturas las culpas recíprocas? ¿Y para qué las acusaciones a unos y otros desde la barrera?

Muchos españoles no catalanes, en un tiempo mucho más hostil que el presente, se arriesgaron en defensa los derechos culturales y políticos de Cataluña. ¿Se puede entender que hoy se sientan despreciados por catalanes que se encontraron con esos derechos en su partida de nacimiento?

¿Alguien entiende que no pocos españoles no catalanes se han emocionado con numerosas expresiones de la cultura catalana –literatura, música, cine, teatro, artes plásticas, fotografía, arquitectura– o su paisaje, e incluso han declamado con voz alta y orgullosa, y en catalán, poemas y canciones que expresaban sus propias emociones, demandas y esperanzas?

El dolor o el desprecio no han sido patrimonio exclusivo de los otros. ¿Mejor separarnos o entendernos? ¿O tal vez estemos preparando una separación para entendernos? Aquí no hay juegos.

Sobre El Autor

Artículos Relacionados

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.