Va a comenzar el periodo político –o la legislatura, si así se la quiere llamar– más complicado desde la Transición; por lo menos. No solo por la complejidad de la acción de gobierno necesaria sino también –y quizás, sobre todo– por la confrontación social que se anuncia. El riesgo del caos es tan alto y previsible que la propia sociedad tal vez se sienta obligada a encontrar la manera de sobrevivir cuando medio cuerpo parece ya asomado al precipicio.

Se ha llegado hasta aquí por una sucesión de disparates, de sucesivas elecciones y de fracasos negociadores reiterados y crecientes. Para evitar redundancias sobre lo comentado en los estos meses de ruido y hastío, y para asomarnos al presente, parece pertinente una mirada fugaz al pasado más cercano, el que nos ha abocado a la situación que, en vísperas del inicio de una sesión de investidura, explica los sinsentidos, la rabia y la incertidumbre de esta época.

PSOE y Unidas Podemos, con el apoyo de algunas pequeñas formaciones minoritarias, se proponen formar un gobierno basado en los votos obtenidos en las últimas elecciones y las abstenciones cómplices de formaciones como la independentista Esquerra Republicana de Catalunya y la innombrable Bildu, aún contaminada por sus vinculaciones con el terrorismo etarra.

Un cirio, sí; inevitable. Porque quienes tenían en sus manos la viabilidad de otras opciones son los verdaderos avalistas de la fórmula que, a trancas y barrancas, se ha consolidado como la única posible. Pese a considerarla una traición a la ciudadanía e incluso a la Constitución, ellos han reincidido en cegar cualquier opción diferente.

Cabe argüir que el líder del partido que ganó las elecciones pudo hacer un guiño al PP al día siguiente de los comicios. Sin embargo, decidió tragarse los sapos que cuatro fechas atrás le parecían repulsivos. Tal vez, para no perder el tiempo. Los populares se han encargado de ratificar que eso, la pérdida de tiempo, y no otra cosa hubiera sido cualquier propósito de negociación propuesta desde las filas socialistas.

El PP no solo se ha negado a favorecer otra solución, sino que se ha empeñado en descalificar la única alternativa restante, bajo el señuelo de que implica pactos con los separatistas, responsables, a su juicio, de un auténtico golpe de Estado, y con los herederos del terrorismo más macabro. Simultáneamente se ha empeñado en que el nuevo gobierno sea el que ellos vituperan porque traiciona a la democracia. Pura incoherencia.

La fórmula en puertas de ser ratificada por el Parlamento, impecable desde un punto de vista puramente legal, abre un tiempo inédito, fruto de unos resultados electorales que enturbiaron todavía más la situación derivada de los comicios celebrados apenas cinco meses antes. La ineludible obligación de formar gobierno forzó a PSOE y Podemos a trocar sus vetos anteriores en un compromiso de gobierno. Y a hacerlo de manera repentina y sorpresiva.

En este contexto llega la sesión de investidura, cuya singularidad se expresa a través de la anécdota de su convocatoria:  en un sábado y un domingo de enero, en vísperas de Reyes, con el país inmerso en el manicomio de las compras y las cabalgatas, con las familias más atentas a la fiesta que al debate político. El Congreso ha abierto sus puertas de manera inaudita para la investidura de un gobierno raro o, si se quiere, inédito, difícil y en más de un punto contradictorio.

Así se llega a la investidura y así se abre un tiempo incierto y conflictivo, bronco y polarizado, poco predispuesto a la serenidad y a la acción que reclaman la sociedad y los problemas que la acucian. La polarización y la radicalización invaden el debate ciudadano en España, y mucho más allá. En ese contexto habrá que abordar cuestiones de extraordinaria relevancia, decisiones urgentes y conjuntas. El dogmatismo imperante en asuntos territoriales, sociales y económicos dibuja un panorama harto complicado, casi imposible.

¿Qué se puede esperar tras la investidura?

  • Un gobierno con un sesgo inequívoco de izquierdas que ofrezca respuestas en el ámbito económico y social…
  • Un gobierno necesitado de apoyos mucho más amplios para abordar cuestiones urgentes y de fondo: la educación, las pensiones, la redefinición de la integración territorial, la España vacía, las respuestas a la emergencia climática…
  • Un gobierno que deberá navegar entre las incertidumbres y las tensiones que lleguen desde los juzgados, incluidos los europeos…
  • Un gobierno forzado a combatir contra algunos fantasmas manipulables y manipulados como la unidad de una España monolítica.
  • Un gobierno asediado con virulencia extrema desde fuera pero también, en términos menos bélicos, desde dentro.
  • Y un gobierno, sobre todo, exigido por sectores muy amplios de la ciudadanía que o discrepa o, al menos, sospecha de los compromisos contraídos entre las distintas formaciones implicadas en el resultado de la investidura.
  • En consecuencia, un gobierno exigido a la transparencia, a la sinceridad, a la política de largo alcance, al debate abierto, a la explicación permanente de sus acciones y objetivos frente a la tendencia congénita de los partidos a las triquiñuelas, al politiqueo, a las medias verdades, a las escaramuzas…

Solo así se podrá transformar la complejidad del momento actual en vías de solución para problemas tan graves, entre otros muchos, como la desigualdad o el conflicto relacionado con Cataluña.

Ahí estará la clave para conseguir mayor sosiego, para asentar actitudes favorables al acuerdo y al diálogo y para transformar, al fin, este tiempo tan incierto en otro, no menos complejo, pero algo más estimulante.

Depende de todos, pero, muy en particular, del que sea el próximo gobierno. A él le corresponderá convencer a muchos de los que en este trance, más allá de las aritméticas de la investidura, desconfían de sus acuerdos e incluso le critican y abandonan.

Hasta aquí hemos llegado… y partir de aquí está por ver.

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