Los terapeutas no se ponen de acuerdo.

Desde lo de Bostwana, la operación y la recaída parecían inevitables.

Ahora aseguran que convienen. Por prudencia. Quizás sea por eso.

Tal vez para evitar los riesgos del temblor que recorre su puerto y convierte las extremidades en gelatina por culpa de…

 

… el juez José Castro.

 

En el auto, de 542 páginas, que desmenuza las andanzas y los tropezones de Urdangarín, su socio y los ayudantes que llegaron en su auxilio, el juez arma un relato de escalofrío.

Más de ocho millones de fianza. En caso contrario, embargo de bienes.

Urdangarín y su socio, dice el juez, tenían un único objetivo: “desviar fondos públicos en beneficio propio o ajeno”.

¿Se puede ser más claro?

Los imputados esgrimieron en sus negocios su condición de miembro de la Familia Real ya fuera con su propia presencia o con el “anuncio del respaldo que le brindaban las altas personalidades vinculadas y, en el caso de don Carlos García Revenga (secretario de las infantas por decisión de la propia Casa Real) faltando deliberadamente a la verdad, con la Casa de S.M. el Rey”.

¿Cuándo la coherencia de lo argumentado tropezará con el eslabón que ahora se protege?

 

Las muletas del Rey las administra la Infanta.

 

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