Stephen Hawking pensaba que la existencia de vida inteligente en otro lugar del universo es muy poco posible, porque tendrían que darse una innumerable serie de circunstancias extrañas, complejas e impredecibles. Tan solo el paso de los seres unicelulares a los pluricelulares, requisito previo para llegar a aquel final, requirió en la tierra 2.500 millones de años.

Primera conclusión: somos fruto de una extraordinaria rareza y de múltiples contingencias. En definitiva, producto de la causalidad. Parece, por ejemplo, más probable, según dejó escrito el científico británico, que el sol explote, que el planeta choque con otro o que quienes nos consideramos inteligentes acabemos con nosotros mismos.

Para colmo Hawking aceptaba otra posibilidad: “Un encuentro con una civilización más avanzada podría resultar como cuando los habitantes originales de América conocieron a Colón (y no creo que pensaran que mejoraron)”.

Mario Vargas Llosa no se ha pronunciado sobre la existencia de vida inteligente en otras galaxias, planetas o asteroides, pero, frente a lo que Hawking sugería, aun compartiendo los primeros efectos coloniales en la América encontrada, propone otro planteamiento o, como se dice ahora, una resignificación de la Hispanidad. Así propone reivindicar ese concepto como el espacio y el momento de un encuentro entre culturas, las americanas originarias y las herederas de griegos y romanos, del Renacimiento, el Siglo de Oro y la Ilustración que alentaron los derechos humanos y la convivencia de 500 millones de personas que piensan en un mismo idioma.

Stephen Hawking, que nació en Oxford y murió en Cambridge, pudo poner otros ejemplos no menos inteligibles y, tal vez, más bárbaros como expresión del desencuentro entre civilizaciones, pero tenía razones para elegir la propuesta. Vargas Llosa, que nació en Arequipa (Perú) y ha residido en Barcelona, París, Londres o Madrid, ha vivido a ambos lados del efecto Colón en su doble dirección y, por ello, plantea un reencuentro que él ha interiorizado en su propia experiencia personal.

Algunos hechos históricos se pueden evaluar de muy diferente manera. La física no admite estas disputas. Ni siquiera cuando se entra en terrenos cercanos a la conjetura. Pero, por esa misma razón, resulta más difícil que haya vida inteligente en otros planetas que los hispanoamericanos –con esa u otra denominación– podamos sentirnos orgullosos de nuestro mestizaje.

Puestos a elucubrar, ¿podría producirse el mestizaje entre individuos procedentes de diferentes planetas? ¿Más o menos fácil que entre los naturales de uno u otro lado del Atlántico? ¿Puede ser que un océano separe más que una galaxia? A veces, eso parece. Piensas en 12 de octubre y salta a la vista. Algo de esto ya se decía en ¡Toma fiesta nacional!, en La fiesta se hizo culebrón o en 12 de octubre: ¡qué fiesta!

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