Un día de hace ya muchos años me cambiaron el paisaje. Urbanita confeso e irreductible (“me gustará el campo el día en que los árboles tengan enchufes”, decía entonces), carecía de nacionalidad, porque esa era la mejor manera de evitar cualquier tentación nacionalista. Nacido en Extremadura, me hice adolescente y adulto (por este orden) en Salamanca, donde adquirí profundas conexiones con el territorio; pero cambié de rumbo y me instalé en Madrid a la búsqueda de un anonimato necesario en tiempos oscuros y de unas motivaciones profesionales que rompieran los moldes ya gastados.

Captura de pantalla 2016-02-06 a las 17.18.56Fue en ésas, cuando lo profesional y lo personal parecían armonizados, pese a las inevitables tensiones en lo uno y en lo otro, donde alguien vino a interrumpirme: “He encontrado el lugar de tu vida”. Mi escepticismo abrió los ojos: el lugar de mi vida nunca lo había soñado y, por tanto, cualquier propuesta soñadora suponía interrumpir el confort emocional y laboral que disfrutaba. Como tampoco dañaba tanto compartir unas risas a costa de aquella alucinación ajena, organizamos el viaje a la Arcadia innecesaria.

Sin saber muy bien por qué, el viaje acabó con una visita a un viejo molino que, tal vez, sus propietarios estarían dispuestos a vender, si… Otro objetivo imposible, pues. Un año después el viejo molino estaba en obras y mi embaucadora y yo pensábamos en pasar allí algunos buenos ratos de nuestra vida.

Así cambió mi paisaje. Aunque no me he hecho vecino de aquellos parajes, sí me he dejado seducir por el poder de su naturaleza y por la emoción de muchas personas que, antes que yo las conociera, glosaron a sus gentes. Así llegué a Las Hurdes y así empecé a interesarme por aquel espacio singular y extraordinario, más allá del mundo; por el magnetismo que provoca la realidad que se observa a diario, intensa casi siempre, en lo bueno y en lo malo, frente a la recreación provocan quienes la habitan y quienes la visitan, hasta convertirla en un lugar imaginario.

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