Un hombre, una mujer y un robot . Un triángulo de convivencia e incluso de afectos. Pudiera parecer una novela de cierta ficción, pero el autor evita esa opción. La peripecia se desarrolla en en un tiempo pasado, y distorsionado, en el que la Gran Bretaña thacheriana ha sido derrotada de las Malvinas y donde el investigador Turing sigue siendo el gurú de la inteligencia artificial, pese a que murió, envenenado, mucho tiempo atrás. Así se plantea Máquinas como yo (Anagrama), la última novela publicada en España (la próxima está a punto de aparecer) de Ian McEwan.

No se trata de de un relato singular e imaginativo, sino de una reflexión inteligente y sugerente acerca del tiempo en que vivimos y sus perspectivas para abordar cuestiones atemporales, porque la sociedad de la tecnología obliga a plantear desde nuevas perspectivas algunos de los dilemas morales eternos. ¿Está el ser humano capacitado para convivir sin mentiras, solo con la verdad? ¿Dónde radica su identidad o su singularidad: la razón, el sentimiento, la empatía? ¿La información absoluta e inmediata puede ser liberadora? ¿Cuáles es el fin último de la justicia? ¿Dónde fijar los límites de la creación o la libertad? ¿Cuáles son los efectos privados de las decisiones publicas? ¿En qué dirección caminamos: hacia la humanización de la tecnología o la tecnologización de la humanidad? ¿Cabe la posibilidad de un robot sentimental?

De la capacidad de Ian McEwan para novelar sobre el quicio de lo verosímil no caben dudas. En su anterior ejercicio, Cáscara de nuez –por citar solo el ejemplo más cercano– ya se ponía de manifiesto su habilidad para introducir al lector en una realidad imposible desde la que plantear cuestiones siempre candentes. En Máquinas como yo el escritor británico despliega un auténtico arsenal de preguntas que interpelan al lector sin pausa para la sonrisa y el asombro. El problema no es que puedan existir máquina como yo sino la máquina que soy yo.

Se trata de un novelista formidable e incluso adictivo. No habrá que esperar mucho para caer otra vez bajo la seducción de su capacidad narrativa.

 

 

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