X “ha conseguido algo asombroso: desplazar el conflicto social surgido con la crisis y colar en el debate público las políticas de la identidad. Ha logrado transformar la fractura económica en una fractura cultural facilitando así que la identidad oculte los desgarros producidos por la nueva desigualdad. Lo que ahora gobierna el discurso público es la lucha identitaria para recuperar lo auténtico del pueblo Y, aquello que define el espíritu patriótico, su cultura, su nación. La mirada política no se orienta hacia el futuro sino hacia aquello que supuestamente se ha perdido con el sometimiento de los pueblos a los procesos de la globalización. El fin; que todo se envuelva bajo un aire de decadencia y peligro”.

magritt2 Así comienza Máriam M. Bascuñán su artículo Guerras culturales en El País. ¿De quién habla, a qué se refiere, cuál es el objeto directo de su reflexión? Gran Bretaña y el Brexit, Europa, España, Cataluña y las comunidades que reivindican un nuevo estatus e incluso un nuevo estado? No, escribe sobre Donald Trump y el pueblo estadounidense. Al menos, eso dice al principio; luego, concluye que todo lo anterior “refleja en buena medida la situación general que vivimos en Europa. Las políticas de la identidad son las que llegan con fuerza a los estratos blancos socialmente más desfavorecidos y menos instruidos. (…) También en Europa las guerras culturales funcionan como ideología presta a encubrir la gran contradicción económica de los últimos años; es el nuevo opio del pueblo”.

urlPor eso resulta tan difícil entender no solo que las cuestiones identitarias acallen las reivindicaciones igualitarias sino también que se antepongan sin recato por parte de las formaciones que más insisten en su afinidad con las clases populares. Por ejemplo, Podemos sigue lastrado por la tensión que provocan en su seno algunas de sus confluencias y la CUP juega sus órdagos en el terreno de la independencia, no en el de las políticas sociales.

Más allá de las contradicciones que plantean esas dos almas en un solo cuerpo, la realidad resulta aún más grosera. Desde la perspectiva de Máriam M. Bascuñán, y no resulta difícil advertir el peligro que denuncia, alguien hace el trabajo sucio al enemigo. Pero, perdida la batalla, rasgadas las banderas, sólo cabe poner la esperanza en un señuelo, confiar en lo esotérico, negar la derrota evidente.

¿No es posible creer, confiar, construir un futuro sin falacias? Eso parecen pensar quienes invitan a elegir entre el disfraz y la mentira.

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