Igualdad. Esa fue la utopía que nos alentó frente al tirano, cuando las distancias que podía establecer el sistema métrico decimal eran muchos menores que las que ahora contemplamos. En su nombre aceptamos la democracia. No está mal que ahora, cuando la desigualdad es una brecha descomunal que damos por inevitable, tengamos la percepción de que la democracia se puede ir al garete. Desde esa perspectiva, aunque algunos se empeñen en que el debate político no se debe polarizar entre izquierda y derecha,  sino entre democracia sí o no, ¿para qué nos hace falta la susodicha?

¿Merece la pena correr en su auxilio si no se resuelve el gran mal que nos afecta? ¿Tiene sentido priorizar los valores democráticos sobre los derechos sociales?  ¿Por qué no reclamar para eso, ya que el asunto se ha puesto de moda, unas elecciones plebiscitarias sobre la igualdad? ¿Sería una muestra de izquierdismo, de voluntad democrática o tan solo de decencia? ¿Se puede ser de izquierdas, demócrata o decente sin ese empeño por encima de cualquier otro? ¿Merece ese objetivo una legislatura, el compromiso de los indignados, el aparcamiento de otras veleidades secundarias?

Este planteamiento no responde a un desiderátum, a un ictus personal o una maniobra de camuflaje para esconder otros anhelos. Antón Costas lo expone sin retórica, con datos, sencillamente. Joseph Stiglitz lo ha convertido en la cuestión central de este tiempo.  Thomas Piketty ha redescubierto el meollo central de la sociedad posindustrial (similar a lo que fue la industrial). Ninguno de ellos ha querido competir con Marx o reinventar a Lenin.

Algunas organizaciones humanitarias (antes las llamábamos pías, aunque fueran laicas) tratan de golpear a las instituciones y a los ciudadanos con tantos datos como poco éxito. Estamos en otras cosas. Sin embargo, en España veinte personas acumulan la misma riqueza que los catorce millones de españoles más pobres y las tres más ricas duplican la riqueza de los nueve millones más pobres. La mitad más pobre de la población mundial posee la misma riqueza que las 85 personas más ricas del mundo. Estas afirmaciones se corresponden con informes recientes de Oxfam.

Son ellos, los pobres, los vulnerables, los que tienen derecho a la igualdad y, por ello, al poder e incluso, si no aportamos entre todos una solución, a la venganza.

¿Esto no provoca pánico? De solidaridad cabría hablar el día que la igualdad fuera un nexo común y prioritario de la mayoría. Pero estamos en otras cosas, entre galgos y podencos.

¿Queda margen para la distracción de este objetivo?

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