El rey cumple cincuenta años y, para celebrarlo, impone el toisón de oro a su hija Leonor, lo que equivale a declararla heredera de la corona. La niña, de 12 años, bien adiestrada y aderezada para la ceremonia, escucha palabras poco comprensibles para cualquier ciudadano.

Aún se entiende menos ese anacronismo en una sociedad que recela del boato y las prebendas basadas en el adn y no en los méritos y la capacidad o, en todo caso, en la elección popular. La legitimidad por razones divinas no concuerda con este tiempo, esta situación, este conflicto.

Se observan las imágenes, se escucha el discurso del rey a su hija ni siquiera adolescente, se mira a la criatura y se oye el eco: ¿en qué mundo ocurre esto?, ¿puede haber malos tratos en esta ceremonia?, ¿cómo se explica en esa fanfarria la preeminencia del varón que establece la constitución a la que, se lo dice el rey a su heredera, hay que obedecer a pies juntillas?

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