Repugnante fue la aglomeración de cargos públicos en la primera fila de la catedral almeriense en el funeral del niño Gabriel, tanto como su propósito de acaparar planos y declaraciones junto a los padres. En estas situaciones se puede justificar la presencia de representantes de la sociedad, pero no la primera fila, la que preside el duelo y merece la compasión. Su participación solo tiene sentido desde la discreción y el silencio; todo lo demás –incluidos el boato litúrgico, el ceremonial y hasta el señor obispo– la convierte en propaganda despreciable.

Repugnante resultó el debate en el Congreso de los Diputados sobre la abolición de la cadena perpetua revisable. Por el nivel, el tono, los argumentos y la banalización de un asunto que remite a derechos fundamentales y que retrata a la sociedad que los recorta o los acoge. La apelación a una concepción de la legalidad que interioriza el derecho a la venganza y, en última instancia, la utilización de las víctimas  –nada nuevo, es ya costumbre– presentes o ausentes del hemiciclo como referencia exclusiva de la norma e incluso de la ética llevaron la política al nivel de lo execrable.

Repugnante también el afán juzgador de los medios de comunicación y de muchos ciudadanos para los que no basta la detención y el ingreso en prisión de la presunta autora de la muerte de Gabriel. Necesitan hurgar en su pasado, denigrar su comportamiento, incrementar su perfidia sin el más mínimo interés para conocer las miserias del ser humano y sus circunstancias. También la guardia civil desbordó los límites de su función para invadir ámbitos que no le corresponden, como el judicial o el de la interpretación de las conductas de quienes, pese a sus actuaciones, conservan el derecho al respeto. El auto inquisitorial traslada las legítimas emociones al territorio de lo reprobable.

Repugnante, en fin, un día tras otro, el intento de prometer una subida de las pensiones o su mantenimiento perpetuo sin comprometerse previamente a un análisis y a un debate de la compleja situación en que se encuentra el sistema. Nadie parece tener en cuenta la interrelación de ese problema con otros no menos graves: el empleo, la fiscalidad, la calidad de los servicios públicos y hasta la inmigración. Es lo normal. Cuando se abdica de la complejidad, el parloteo se hace irrespirable.

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