Era una juez. Estaba especializada en violencia de género. Pero no consideró preocupante las peticiones de la mujer acosada por su exmarido; tampoco las de la fiscalía. El hombre que la amenazaba ha asesinado a sus dos hijas. Además de ese suceso brutal, en apenas nueve horas, en otros dos lugares distantes de la geografía española, dos mujeres caían abatidas por su exparejas.

Uno de los problemas más graves de esta sociedad se ha vuelto a poner de manifiesto de la manera más descarnada, porque estos casos muestran la impotencia colectiva frente a esta barbarie.

La mayoría de los medios de comunicación dedican horas y horas de atención al morbo que desprenden una grabaciones de hace nueve años que ponen en un brete a la actual ministra de Justicia. Partidos y tertulianos amplifican sin descanso el chusmerío aun a riesgo de hacerse cómplices de una trama de sinvergüenzas.

Apenas unas pocas excepciones ratifican la regla: el circo y el encono arrollan a lo importante. Y gracias a ello seguimos sin respuestas para lo que nos mata.

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