Crónica en capítulos del tiempo de nunca acabar.

Uno 

El asedio sobre Pedro Sánchez produce simplemente vergüenza. Rajoy, el PP, los medios de comunicación, Albert Rivera, Ciudadanos; todos, al acecho. Podemos también suma: ofrece la mano y niega el saludo.

Sánchez, en el fondo, solo, inventa estratagemas, impotente, para no morir en su propio guión o, peor aún, inconsciente de su incapacidad para articular un discurso salvador. Abocado al fracaso, es una víctima de todos e incluso de si mismo. Al cerco exterior se añade el polvorín de los compañeros, un arsenal autodestructivo.

La sociedad asiste impávida al proceso, pendiente de la escenografía definitiva de la ejecución o del suicidio. Da igual: el muerto será el mismo.

Todo lo demás ha pasado a la irrelevancia del cuarto o quinto plano. Las plañideras están listas, los coros ensayan el canto fúnebre, los archiveros reniegan de su condición de cómplices. Muchos espectadores ensimismados serán, sin haberlo advertido previamente, las otras víctimas del sacrificio.

No basta un hombre para salvar a un pueblo.

Dos

Hace algún tiempo, acechaba una obsesión en vísperas electorales.  Se expresaba así:

“Ante los procesos electorales no hacen falta creyentes ni apóstatas. Sobran los profetas del día después que arguyen que el pueblo nunca se equivoca y los del día anterior que anuncian la manipulación evidente de muchos de los que acuden a las urnas. Ofende tanto la apología de la abstención como el estribillo machacón en el que confluyen la jornada de la absoluta normalidad con la fiesta de la democracia.

“En vísperas de unas elecciones hay muchas personas que nunca han sentido mayor necesidad de huir, de desear una amnesia inexplicable que las transporte del sábado al lunes, sin conciencia, para siempre, del domingo. Para poder pensar, por ejemplo, que su voto no alumbró un gobierno de derechas. Ahora mismo no encuentran la manera de escapar de ese maleficio. La obsesión que nos persigue”.

Así estaba la sociedad española: atrapada. Y así sigue

Tres

25_abuelitos_1440x900¿Qué importa lo que le interesa a este figurante o a aquel comediante? ¿Qué más dan las razones que encubren? ¿Para qué escrutar los intríngulis? ¿Por qué atender los señuelos que tergiversan lo que realmente está en juego? ¿De qué hablamos? ¿De qué se trata?

Muchos meses de discusión, de tertulias y, sobre todo, de hastío han escondido lo que importa: para qué queremos uno u otro gobierno, de qué manera podemos alcanzar un acuerdo que resuelva problemas mayoritarios y urgentes, cómo defender los intereses de quienes lo van a seguir pasando peor … Encontrar el camino posible, abandonar la soberbia del dogma, descubrir el valor de pequeñas medidas, abolir otras –vigentes, nocivas, obscenas– que amparan a los que amenazan, corregir el destino que nos dan por impuesto. ¡Eso, al menos!

Cuatro

La presión de los impulsores del asedio, defensores de una salida que mantenga sus privilegios, no ha ahogado todas las voces. Alguna ha conseguido reincidir en lo importante sin perderse en el maremágnum tertuliano que obsesivamente confunde y distrae. Soledad Gallego Díaz lo ha hecho en las últimas semanas, mostrando los Puentes que cruzar y que quemar o advirtiendo de los efectos domésticos de determinados empecinamientos. Antón Costas, que ya expuso líneas de acción desatendidas en el posterior debate, ha vuelto a analizar la salud moral del capitalismo español.

Aunque la montañas esté encima de nuestras cabezas, el horizonte existe. ¿El más emocionante, el más bello? Simplemente, el que existe desde el lugar que habitamos.

Cinco

¿Quién no se ha enterado a estas alturas de que la mayoría de los votantes detesta a Rajoy, que no quiere verlo media hora más en la presidencia del Gobierno? ¿Qué ciudadano conocedor del arte de la resta y la suma ignora que quienes reclaman su recambio son muchos más que quienes pretenden conservar la tumbona? ¿Cómo ignorar la necesidad de otro estilo, otras palabras, otros actos? ¿Y si esto es verdad, cómo explicar los comportamientos de unos, otros y desotros?

Seis

una-piedra-ha-roto-el-parabrisasLa obcecación del PP o de Rajoy sólo se explica por él mismo: porque, una vez fuera del cargo, quizás tema verse implicado en un proceso de profundo desprestigio.

La ofuscación de Sánchez sólo se entiende por su fragilidad y su inconsistencia. Ni quiso ni supo ahormar una idea, desarrollar un proyecto, abanderar una alternativa. Así no se merece la presidencia del gobierno.

La negativa de Albert Rivera y Ciudadanos a un gobierno sin marchamo conservador ha ratificado su tendencia: nada nuevo, salvo las apariencias.

Las vacilaciones de Podemos son fruto de la indeterminación de sus prioridades: si ascender a los cielos o huir del infierno.

La obsesión de los medios, decisiva en la formación de la opinión pública, tiene quien la escribe: el poder –económico, político, social– que los mantiene.

Siete

El espectáculo del PSOE está en sus genes y en su propio desconcierto, en el que vive desde hace largo tiempo; en su afición a la intriga para compensar la ausencia de debate y objetivos; en el poder aristocrático de una organización en la que los barones y otros nobles humillan a la militancia plebeya.

Sánchez llegó al amparo de unos pocos que le repudiaron al rato, no representa a las bases, carece de crédito y respeto.

La feria de la izquierda la completa Podemos: hablan de la gente que sufre, pero detestan los analgésicos, porque alivian pero no curan. En esta iglesia también se cree que el dolor abre las puertas del cielo.

A todo esto, alguien gana. Otros.

Ocho

El asedio existe. Los errores se comparten. La incapacidad abunda.

Fruto de la necesidad, más que de la posibilidad, hay una oportunidad. Y no es Rajoy. Basta leer a Julián Marías: Engreídas estatuas. Pero la política en España no busca el acuerdo. Y ganan los malos.

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