Hay ejemplos que vienen al pelo. A nuestro pelo. En Italia ya está liada.

Tienen razón los que decidieron acabar con el Rigor Mortis (Monti). Tienen razón los que decidieron hartarse de la política al uso (Grilli). Tienen razón los que buscaban una crisis más llevadera (Bersani). Tienen razón… No, a los de Berlusconi no les encuentro la razón ni la gracia, salvo que nos empeñemos en entender la desesperación de quienes ingenuamente confiaban en algún subsidio.

No tienen razón los que desprecian sin matiz alguno la gestión del tecnócrata. No la tienen quienes apuestan por un movimiento sin programa ni estructura. Tampoco quienes confían en la moderación como el nuevo paradigma de la izquierda. Menos aún quienes aplauden la corrupción, el abuso de menores o la impunidad.

La realidad es un disparate y el resultado electoral lo refleja. Porque él es, también, un disparate. No se convocaron las elecciones para testificar el caos, sino para resolverlo. Y por todo ello, junto al derecho al libre ejercicio del voto, también cabe analizar la responsabilidad con la que se ejerció el derecho.

Ahora mismo Italia se divide en tres frentes cuantitativamente parecidos: un cuarto de cabreados, otro tanto de corruptos y lo mismo de reformistas clásicos. Estos son los grandes bloques, aunque también constan algunas dosis de ascetas rigoristas y otras de reservistas o ausentes. ¿Qué se puede hacer no ya con este panorama sino con esta tropa?

La democracia ha instaurado algunas solemnes tonterías, como la de que el pueblo no se equivoca nunca, un axioma tan poco infalible como el papa, aunque el pueblo, por ser y numeroso, sea mucho más respetable en la mayoría de los casos.  Los medios amplifican algunas otras estupidez tópicas: la culpa es de la izquierda porque no entusiasma o no ofrece alternativa (además, la izquierda es siempre cada uno), los criterios del pasado ya no sirven y todo lo que pasa es una lección… que nadie aprende.

Luego está la seducción de lo inaprensible, de movimientos como los grillini, aunque cada uno grille a su manera, porque ese ruido siempre se consigue raspando las alas anteriores y las patas posteriores, la fila de diminutas protuberancias de las unas con la cresta dura de las otras, produciendo el canto característico del cortejo sexual que realizan los machos. Sexo en las extremidades. O sea un atavismo revestido de modernidad.

No, esto no es sólo la manifestación definitiva del disparate. Es responsabilidad de mucha gente. En estos tiempos los políticos parten siempre con el beneficio de la culpa. También se puede señalar, por las mismas, a los intermediarios, al periodismo, sin el que aquéllos son nadie, porque alienta respuestas unidireccionales ya sea a favor del capo o los rebeldes, cargadas de emoción más que de raciocinio, y porque se acomoda a la audiencia para dar gusto, en el mejor de los casos a su público, sin ayudar a comprender la complejidad. Y quedan aún los votantes, que, en tanto que ciudadanos, también deben pechar con sus decisiones. Se supone.

Sí, es necesario cambiar, romper este estado de cosas, abrir un tiempo nuevo. Podemos reclamarlo simplemente porque no entendemos lo que tenemos. Pero resultaría más conveniente que, tras habernos interesado en entender esta puñetera realidad, tomáramos la decisión de cambiarla, sí, pero también, en qué sentido. No están los tiempos para tanta paciencia. Quizás tampoco para tanto esfuerzo. Tal vez lo peor haya sido que muchos se aliaron para hacernos creer que entender para transformar no era importante. Por eso ahora ninguno ellos se siente responsable de lo que surge o, mejor aún, todos creen que sólo a ellos les corresponde decir quiénes son los responsables.

Habrá que inventar, no hay más remedio. Y volver a tropezar. Mientras, alguien que se divierte con nuestro descalabro. Lo peor ocurre cuando nosotros mismos, al ver nuestra frente escalabrada en el espejo, nos carcajeamos. La culpa la tienen otros. ¡Qué importa que el dolor sea propio!

“Pero el cadáver, ay, siguió muriendo”. Lo avisó César Vallejo.

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