La madrugada transcurría tranquila en las urgencias del hospital cuando una mujer acudió al mostrador de recepción con un alarido en el rostro. Un dolor definitivo atravesaba su vientre de mujer madura. Las puertas de la sección de ginecología se abrieron precipitadamente; un doctor y una enfermera, jóvenes, trataron de descifrar el origen de aquellos aullidos.

Tras una conversación mínima, el médico decide:

– Tengo que auscultarla. Prepárese.

La enfermera se ofrece a ayudar a la paciente para retirarle los pantalones y la ropa interior.

– Está lista, doctor.

El médico se dirige al potro en el que deberá observar a la enferma. Mientras se coloca los guantes, del bolsillo superior de su bata blanca cae al suelo un bolígrafo con el logotipo de un laboratorio farmacéutico; se agacha a recogerlo. La enfermera sugiere a la mujer:

– Súbase ahí.

Dicho y hecho. Corroída por el dolor, interpreta la sugerencia como una obligación impaciente y definitiva; toma impulso y con una decisión irrefutable salta sobre la espalda del médico que, agachado, no alcanza a contener aquel impulso intempestivo y acaba de hinojos bajo la amazona. Inmovilizado por aquella especie de valquiria, gira la cabeza, dirige su mirada implorante a la enfermera, empeñada en desmontar a la jinete de su cabalgadura. La ayudante y el médico vuelven a cruzar sus miradas y la tensión amenaza con una explosión de carcajadas. Tratan de contenerla, escapan; huyen pasillo adelante, de pared en pared, hombro con hombro, con tanta incredulidad como alborozo.

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Mosén Amós ejercía de tutor en el seminario en el que estaba a punto de ser ordenado sacerdote. Era un hombre joven, altísimo, afilado, enjuto y desgarbado. Procedía de una familia adinerada que, al parecer, no había encontrado mejor acomodo para un chico algo distraído al que no podía confiar el próspero negocio familiar. El hijo Amós asumió la vocación paterna con un entusiasmo que los chavales a su cargo reconocían como insobornable cada vez que ponía su vozarrón grave al servicio de algunos de los cánticos religiosos de las ceremonias cotidianas.

Su voz era un estruendo incapaz de la más mínima afinación. Los mayores soportaban aquella mezcla extrema de bajos subterráneos y agudos más propios de un corral de gallos que de una iglesia. El alboroto cantor de mosén Amós provocaba la carcajada incontenible de sus alumnos, incapaces de contener la risa, porque nada peor para el control que la provocación del espacio y el silencio sagrados, aun a riesgo de que se la pudiera considerar sacrílega. No hubo sanciones porque los otros sacerdotes apenas conseguían evitar la burla, no la distracción, y porque en aquellos tiempos los curas actuaban de cara al altar y de espaldas a los fieles, lo que impedía reconocer el rostro de las carcajadas.

Aquella situación se superó prohibiendo a mosén Amós entonar salmos o cantares por más entusiasmo que pusiese. Tal vez gracias a ello pudo culminar su formación y alcanzar un sábado santo la ordenación sacerdotal, seguida, unos pocos días después, con su primera misa en la catedral de Barbastro, ciudad a cuya nobleza pertenecía el clan familiar. El evento se organizó con la grandilocuencia de su alcurnia.

La  primera misa, concelebrada con el obispo de la diócesis, se inició con la liturgia del perdón, en la que los oficiantes recitaban el Confiteor Deo omnipotenti (que, tras el reconocimiento de las lenguas vernáculas, se traduciría como Yo, pecador) e inclinando sus espaldas en señal de sumisión al Altísimo.

En ese trance, con todos los oficiantes sobrecogidos y encorvados, el altísimo mosén Amós interrumpió el recitado con un susurro cavernícola que apenas escucharon las primeras filas de la catedral.

– ¿A que lo monto?

Expectación.

– ¡A que lo montó!

Pánico.

Dicho y hecho. El larguirucho y desgarbado misacantano, con las sayas propios de ocasión tan solemne, flexiona sus rodillas, toma impulso y salta febril sobre las espaldas atribuladas del señor obispo, que queda definitivamente abatido para los restos.

En esta ocasión no hubo risas. Al principio. Luego…

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A la enferma que acudió a las urgencias del hospital, pese a su premura y a sus irresueltos dolores, tuvo que atenderla un equipo médico distinto al que inició la consulta. El original no pudo reponerse en el resto de la madrugada.

A mosén Amós el caballito le llevo a otro hospital. En su arrebato olímpico no sufrió esguinces o fracturas. Simplemente fue trasladado al área de psiquiatría, donde le animaron a que volviera a desafinar. Era lo de menos. Y solo provocaba risa.

 

(Nota del redactor. El relato del hospital se corresponde con una anécdota que alguien contó, con gran habilidad narrativa, en el programa Hoy por Hoy de la SER dirigido por Toni Garrido. La segunda pertenece al archivo memorístico propio).

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