Carles Puigdemont acudió al plató de Salvados, se supone, con la convicción del creyente, pero pronto expresó en su rostro la voluntad de huir, un propósito de fuga con rumbo fijo en pos de un tiempo incierto. Lo suyo no pareció valor sino inconsciencia. Trató de escapar, más que de las preguntas, de su propia vergüenza; acorralado por sí mismo, hubo momentos en que sus gestos resultaron patéticos y otros en los que parecía reclamar clemencia.

Aceptó el reto de ser entrevistado por un catalán que había recibido ofensas de las huestes radicales del independentismo; tal vez accediera por eso. Luego desgranó respuestas memorables por rocambolescas y susurros demandantes de misericordia. Jordi Évole mantuvo el tono, replicó sin excesos, siempre con respeto y alguna sonrisa benevolente que nunca sonó a desprecio; su actitud le acabó convirtiendo en el mejor alegato a favor de Cataluña, porque él, como tantos otros ciudadanos, también la representa.

 

Posdata.- A continuación de Salvados, la misma cadena tuvo como invitada, aunque en otro programa, a la ministra de Sanidad y Servicios sociales e Igualdad del Gobierno español, Dolors Montserrat. No hay otra manera de explicarlo: fue un dolor. Insoportable. En este caso, de vergüenza ajena.

Si no pudo verlo en directo, a Puigdemont debieron aconsejarle que revisara la comparecencia de la ministra. Después de su fiasco, nada mejor para conciliar el sueño. Como en la vida misma: ahí estaba el gobierno español, siempre al quite, para justificar y aminorar los disparates ajenos.

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