Promueven actividades para mostrar ejemplos concretos y reales contra el despoblamiento del mundo rural. Quieren compartir con propios y extraños que la vida en el pueblo e incluso las tareas relacionadas con la naturaleza no solo pueden resultar satisfactorias personalmente sino también rentables para la familia y el entorno. En el debate sobre las iniciativas a desarrollar en esas jornadas o encuentros se habla de un espacio para juegos infantiles. Alguien replica que, si esos juegos forman parte de la lucha contra la despoblación, serán bienvenidos; si no…

El comentario o la objeción plantean interrogantes. Para este caso y para otros.

La advertencia en cualquier caso se antoja extraña o, al menos, torpe, porque, a estas alturas, todo lo que se haga contra la despoblación puede ser cualquier cosa menos catequesis. Vivir en la zonas rurales puede ser estimulante, saludable, enriquecedor en múltiples aspectos… ¿Es ese el mensaje? ¿Jugar en ese entorno puede también ser divertido? ¿Solo si el juego se desarrolla con juguetes de madera tallada a mano o con los dientes? ¿Siempre que se suprima cualquier innovación tecnológica o se eluda la más mínima referencia a los nuevos medios, al lenguaje audiovisual o al teléfono móvil? ¿El mundo rural debe prescindir o renunciar a todos esos elementos? Si la respuesta es si, no habrá mejor argumento para la despoblación.

Reflexiones similares resuenan en otros ámbitos. La religión está en los detalles.

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