El relato que Oriol Junqueras hizo de sí mismo en Lo de Évole pareció tan contradictorio que resulta difícil confiar en la vía negociada que él mismo propone para salir del atasco catalán. Y sin embargo, es la que hay.

Pudo ser un cierto sentimiento de piedad lo que aconsejó a Jordi Évole a eludir una pregunta obvia tras la insistencia de Junqueras en afirmar que estaba en la cárcel sin motivo alguno.

  • ¿Hizo usted algo contrario a la legalidad?

Sería bueno saber qué piensa el preso. Porque, al margen del delito imputado y de la pena impuesta –en todo caso, revisables–, los hechos ocurridos en los días de autos parecieron, sin entrar en honduras jurídicas que cada día resultan más inescrutables, poco acordes, siquiera en algunos aspectos, con la legalidad. Algo de eso debería reconocer el dirigente republicano, salvo que aquellos acontecimientos le provocaran un deterioro epistemológico.

Como no hubo pregunta, permanece la duda. Sin embargo, la argumentación sobre su situación, sobre el futuro, sobre la negociación con el Gobierno de España e incluso sobre el diálogo que acérrimamente propugna quedó en el aire, repleta de perplejidades, vacilaciones, silencios pragmáticos y renuencias circulares.

En esos aspectos choca contra la coherencia del relato de su compañero y antagonista Carles Puigdemont, contra su prodigiosa fabulación de un mundo inexistente y una trayectoria más próxima a la ensoñación que a la realidad. A este solo se le puede interpretar desde la lógica del absurdo o los efectos del desvarío.

A Junqueras, no. A él se le puede interpretar desde la contradicción de un cierto realismo que se resiste a la humillación de reconocer que fueron ellos quienes acusaron de traidores a los ahora adalides máximos del independentismo y ahora se ven en la necesidad de traicionarse a sí mismos.

La diferencia estriba en que Puigdemont, que quiso dar marcha atrás para escapar de la acción de la justicia, se corrigió a sí mismo para eludir su propia felonía y ahora resiste desde el más allá a la espera del martirologio o la canonización por algún historiador delirante, tipo Torra.

Mientras, Junqueras, que defendió el compromiso al que había inducido a sus fieles, corrige ahora para evitar un nuevo engaño en aras de los derechos de aquellos a los que sedujo con un señuelo mágico para una operación imposible. Una corrección en dosis a la búsqueda de un respaldo electoral que le permita bajar del pedestal al mesías de Waterloo y devolverlo a la experiencia terrenal.

Esa debe ser la última paradoja. El beato Junqueras debe desacralizar al redentor Puigdemont. Todo quedará resuelto el día que la sociedad declare su irrenunciable laicidad. Las contradicciones serán entonces más llevaderas.

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