Felipe VI, a la sombra de la intervención de su padre en la madrugada del 24F, acudió a las pantallas de toda España dos días después del 1-O. No estaba mal. El presidente del gobierno aún no sabe qué hacer ni a donde ir, porque tampoco sabe cómo aplacar el fuego que él mismo avivó e incluso sigue avivando.

Firme, duro, el rey quiso asumir su condición de garante de la unidad de España antes que la de moderador en aras de esa misma unidad. A diferencia de otros, no mintió. Su narración de los días previos al referéndum (para entendernos) catalán admite pocas discusiones y las que se puedan formular apenas merecerán la pena. Pero esa síntesis no conduce a ninguna solución.

Casi irrefutable en lo que dijo, quedó en evidencia por lo que calló. No convenció por sus silencios. Desaprovechó su oportunidad, porque quien acude a la tribuna pública de manera esporádica e incluso excepcional no puede desperdiciar su bala; quizás no tenga otra y, si la tuviera, tal vez sería en peores condiciones o demasiado tarde.

El rey renunció a dirigirse a toda la sociedad española; excluyó deliberadamente a los españoles que votaron (todos los que votaron) y, de paso, a quienes reconocen, dentro y fuera de Cataluña, el derecho a discutir, pronunciarse y elegir sus predilecciones identitarias. Cavó una fosa en la que ahora no solo se cobijan independentistas.

El rey no aludió a la violencia de las fuerzas de seguridad que ha avivado la simbología y la potencia de la reivindicación catalanista. Asunto difícil para el rey, sí, pero ese es su oficio. Para encontrar vías para el diálogo o, en sus palabras, para la concordia y el encuentro de la mayoría de los catalanes, desactivar la potencia de fuego de las imágenes vividas resulta urgente y fundamental. Con esa munición en poder de los secesionistas resultará imposible mostrar las enormes mentiras que dan coartada a los sentimientos de otros muchos catalanes y, tal vez, revertir sus emociones.

El rey no hizo ninguna alusión expresa al diálogo ni a la construcción de nuevos puentes para que todos los españoles deseemos seguir transitando por un territorio común. No hubo reconocimiento a las legítimas ambiciones de una buena parte de catalanes y a la posibilidad de encontrar un encaje que nos permita superar la actual situación. No hubo, en fin, ningún aliento a confiar en un futuro ilusionante para todos.

Juan Carlos I acudió a las cámaras de televisión en la madrugada del 24F con la independencia de tener a un gobierno secuestrado. Felipe VI lo hizo, al menos, con la rémora de un gobierno que ya no solo tiene que reconocer sus errores pasados sino su incapacidad presente, la que quedó de manifiesto el 1-O. Quizás, por ello, este rey compareció como un rehén de esas circunstancias y este gobierno.

¿Lo que dijo lo pensaba? Sí, pudo callar. ¿Dijo todo lo que pensaba? Quizás no, pero también pudo callar. ¿Convenció a alguien que no estuviera convencido o alentó solo a su tropa?

Is that the question?

¿Y si el discurso, aparte de dirigido a los españoles, también lo fuera para los organismos e instituciones internacionales? Pero esto solo tiene sentido, si el rey da el conflicto por perdido. That’s the question.

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